martes, marzo 23, 2010

Quizá, a lo mejor, tal vez.

Hace unos meses un lector del blog me mandó un mail con una propuesta. El tipo dice que quizá, a lo mejor, tal vez, quiere que hagamos algo juntos en la web. Menciona algo de un proyecto, habla de vender algo, de hacer plata en “la red de redes”. No sé si entiendo a qué se refiere. Le contesto, muy gentilmente, que quizá, a lo mejor, tal vez, tenga que madurar, buscarse un trabajo digno, hacer las cosas como Dios manda. Él me contesta que tiene 4 casos de éxito en la web, que es un CEO 2.0 y piensa que quizá, a lo mejor, tal vez, podía serle útil en su nuevo proyecto. Entonces le digo que, si de verdad la tiene tan atada en el mundo web, quizá, a lo mejor, tal vez podemos hacer algo. Me dice que regio, que nos tenemos juntar, que quizá, a lo mejor, tal vez, puede surgir algo copado. Y entonces, en un mail, tratando de combinar el lugar de encuentro, este sujeto, menciona la palabra “colectivo”.

Y no le contesté más. Nunca más. Porque quizá, a lo mejor, tal vez, nunca haya entendido de qué mierda me estaba hablando este tipo, pero estoy bastante seguro, muy seguro, segurísimo, que si decís “colectivo” no podés decir “CEO”, ni hablar de “éxito”, ni aspirar a tenerme de Robin.

sábado, marzo 20, 2010

Los piones

Tenemos un compromiso. Un “hay que ir”. Un “no queda otra”. Tenemos que ir a la casa de campo de una familia amiga y compartir un almuerzo con ellos a más de 100 kilómetros de mi router wi-fi. Imagínense mi cara de orto. La familia -esto es importante- tiene mucha plata: campos de no sé cuántas hectáreas, propiedades, alquileres, bonos de un país tercermundista que de repente “la pegó”, en fin, háganse la idea que quiero terminar este texto e irme a la mierda. Bueno, estamos almorzando en un living impresionante, no como el tuyo o el mío, uno lindo, como el de las propagandas, con todas las sillas iguales, con cuadros de verdad, con sillones Capitoné, pero –tampoco te creas que su vida era perfecta- con un televisor de tubo que daba lástima. El tipo la tiene toda, pero mira a Tinelli, a Rial, a las botineras, al Ogro Fabbiani en un televisor del siglo XX. No me iba a volver sin una explicación:

- “¿Cómo puede ser que tengas este televisor del siglo pasado? Comprate un LCD por el amor de Dios santo”.
- “Es que si me compro un LCD los
piones se van a dar cuenta que tengo plata y me van a pedir aumento”.

El tipo era Juan Boom Sojero pero los piones le iban a armar bardo si se compraba un LCD. Me cagó el día.

Soy un salame

Necesitaba llenar el vacío espiritual con algo y se me ocurrió que medio kilo de salame Cantimpalo podía ser una buena opción. Así que fui a la fiambrería con mi mujer que me serviría de intermediaria (es que generalmente prefiero no hablar con extraños). Mi mujer solicita el Cantimpalo y, acto seguido, agrega jamón crudo, un queso con agujeros y un frasco con cosas que flotan en vinagre. Cosas. Cosas que no estaban previstas, de eso se trata ir de compras con una mujer, de llevar cosas que uno no llevaría. Un sujeto con camisa blanca y moño procede al corte y pesaje de los fiambres. Y lo hace muy lentamente, sin el más mínimo apuro. El hombre vestido de gala pasea el cuchillo por el fiambre con elegancia y delicadeza y mientras lo hace, habla. Habla con mi mujer, a la que poco le cuesta hablar. Hablan, no sé de qué, no me interesa, la gente sin fobias sociales, sin trastornos de ansiedad, sin desprecio por el resto del mundo, suele hablar con gente que apenas conoce. No sé por qué lo hacen pero lo vi varias veces. Es así.

Aguanté hasta dónde pude, pero en un momento miré el reloj y me di cuenta que habían pasado 9 minutos y aún no había recibido mi Cantimpalo. 9 minutos. Quizá me saquearon la casa, quizá el perro no encontró el pote con agua y murió de sed, quizá inventaron la cura de la calvicie y hubo cupos limitados. En 9 minutos puede pasarte cualquier cosa así que me dirigí a mi mujer y, con un alarido que escuchó todo el local, me quejé de la lentitud de este acto de compra:

“Creo que entrar acá fue un error garrafal. Entramos hace 12 minutos (mentí) ¿y todavía no está nuestro pedido de fiambre?”.

Instantáneamente vino la encargada del local a ofrecerme un pancito y unas fetas de jamón “para hacer más digerible la espera”. Tomé el pancito y el fiambre y los deglutí sin miramientos. Yo me creía un poco más especial, resulta que lo que tengo se medica con pan y jamón.