viernes, enero 29, 2010

Extra, extra, las 9 propuestas del PRO para implementar el Bicing en Buenos Aires

Todos sabemos que el Gobierno Porteño lanzará próximamente un sistema de transporte público basado en el alquiler de bicicletas, un sistema que ya funciona con éxito en las principales ciudades europeas.

Las ventajas son obvias: la bicicleta no contamina, es silenciosa y en distancias cortas y medias, es el medio de transporte más rápido. Pero el problema es el riesgo, siempre latente, de que se roben las bicicletas. Por eso, y en un esfuerzo periodístico sin precedentes, accedí a un documento inédito y confidencial: con ustedes, las 9 propuestas que los asesores y colaboradores del PRO acercaron al jefe de gobierno porteño para minimizar los robos de bicicletas.

1) Como si se tratara de un revolucionario Transformer, la bicicleta se convertirá mágicamente en un Policía de gatillo fácil que vacíe su cargador sobre el ladrón. Acto seguido volverá a convertirse en bicicleta sin que nadie lo note.
2) La bicicleta llevará una bomba escondida en su interior. Durante las noches detonaremos las bicicletas no devueltas eliminando el negrerío ladrón y volando sus guaridas en mil pedazos. Sobre los terrenos de sus casas demolidas construiremos torres de 40 pisos para reactivar la economía.

3) Entregaremos cada bicicleta con un instructivo en inglés. De esta manera los negros no sabrán cómo pedalear la bicicleta y desistirán de llevársela.
4) Colocaremos televisores LCD, stereos gigantes y Playstations 3 al lado de las bicicletas. De esta manera la bicicleta se posicionará como la opción de robo menos deseable.

5) Colocaremos en el manubrio un reconocedor de huellas dactilares fotosensible: la bicicleta no arrancará con negros, exceptuando al negro Rada, Jon Secada, Wycleaf Jean y otros negros que hayan demostrado ser capaces de llevar una vida alejada de la delincuencia. Si los hubiera.

6) El sillín de la bicicleta se convertirá mágicamente en un afilado cuchillo que desangre al ladrón a la vista de sus semejantes, atemorizándolos y disuadiéndolos de la práctica delictiva.

7) Los pedales llevarán la siguiente advertencia: “No usarse con Nike Shoxx. Riesgo de rotura del calzado”.

8) Vamos a generar un cerco perimetral electrificado que separe las zonas decentes de las zonas delictivas. De esta manera las bicicletas podrán circular únicamente por Puerto Madero, Avenida del Libertador, Palermo Soho, Palermo Hollywood, Las Cañitas y Belgrano R (se estaría evaluando la posibilidad de agregar a Caballito). Al pasar por Plaza Italia la bicicleta se elevará por los aires, como en E.T, esquivando el negrerío viajero. Toda bicicleta que ingrese en otra zona se electrificará automáticamente.
9) Lanzaremos y difundiremos un reggaetón o cumbia villera cuyo estribillo advierta que andar en bicicleta es de cheto, de puto o de otra minoría reñida con el negrerío delincuente. El videoclip mostrará decenas de traseros de mujeres atractivas (desde la perspectiva del lumpen) para multiplicar su difusión y llegada. Letra optativa: “La bici es de cheto, de puto, de rati, de hijo único, rescatate guacho y choreá otra cosa”.

martes, enero 26, 2010

Me cagó las vacaciones II

Con el tiempo fui perdiendo la capacidad de disfrutar, no estoy diciendo ninguna novedad, a mí la vida me hizo esto. Quizá por eso las vacaciones, lejos de renovarme, sólo me representaron un par de kilos más y un par de miles de pesos menos. Yo soy así, me gusta pensar que pronto voy a volver, que me voy a encontrar 8 facturas debajo de la puerta, que me espera una catarata de laburo, cosas por el estilo. Si les dijera que envidio a aquellos que tienen la capacidad de ser felices les estaría mintiendo: yo estoy bien así.

Sin embargo, tengo que reconocer que hubo una situación que logró perturbar mi receso estival: saber que a mi regreso tendría que lidiar con el mecánico. Porque las vacaciones también son eso, hacer mierda el auto.

En mi caso rompí el parabrisas, las luces bajas decidieron no andar más y una correa empezó a hacer un molesto chirrido al arrancar. Y por si no lo sabían, eso implica tres mecánicos. Porque ya nadie “arregla el auto”, eso es cosa del pasado, ahora un mecánico cambia el parabrisas, otro cambia las lamparitas y otro cambia las correas. No sé cómo fue que pasó, pero estos linyeras se volvieron especialistas, así de repente, como los médicos, que te miran los huesos pero no los músculos, la boca pero no los ojos, el pito pero no el culo. Un verdadero desastre.

Sin embargo, y quizá sea porque Dios existe, quizá sea por mera casualidad, encontré un lugar que arreglaba las tres cosas. Que cambiaba vidrios, que cambiaba lamparitas, que cambiaba correas. Puede parecerles sencillo, pero es todo un hallazgo, así que me subí al auto y lo llevé el taller:

- Hola, necesito cambiar el parabrisas y las luces bajas.
- Bueno.
- ¿Y no le mirás la correa de accesorios? Hace como un chirrido al arrancar…
- Bueno, la miramos.
- Debe ser una boludez, no creo que haya que cambiarla... a lo sumo tensionarla un poco.

- ¿Vos sos mecánico?
- No.
- Ah, como me decís lo que tengo que hacer...
- Pero lo básico lo sé... pasa que
no me gusta ensuciarme las manos.

El mecánico me miró con un odio fulminante. Hacían 39 grados de calor bajo ese techo de chapa incandescente y yo le dije que no me gustaba ensuciarme las manos. Y seguramente tampoco me gustaría transpirar, de hecho a mí me gusta estar sequito, oler a Dove Go Fresh fragancia pepino.
- Bueno, entonces vas a tener que encontrar otro que se ensucie por vos.

Y así fue como ese mandril horrible me condenó a padecer tres mecánicos diferentes. Y así, me cagó las vacaciones.

domingo, enero 17, 2010

Me cagó las vacaciones I

Agarrá a un tipo que se fue a la costa y preguntale cómo estuvieron sus vacaciones. A cualquier tipo, a cualquier costa, es indistinto. La respuesta, invariablemente, dependerá de la proporción de días de playa sobre el total de su estadía. “Bárbaro, nos tocaron 12 días de playa” o “para el orto, nos llovió toda la quincena”, de eso tratan las vacaciones, de los días de playa. De insolarse, de mear en el mar, de comer un choclo con arena, de leer el último libro de Ari Paluch, cosas por el estilo.

Por eso el martes pasado quise torcer el destino. Veinte grados no es un día de playa en el sentido estricto, pero yo dije que podía serlo, que por algo soy creativo: porque yo con veinte grados te hago un día de playa. Y me metí al mar. Y le dije a mi mujer que se meta, que había que meterse de golpe, que el cuerpo sólo tarda siete segundos en adecuarse al agua fría. El cuerpo es un mecanismo sorprendente, así es el principio de homeostasis, el propio organismo se encarga de reestablecer el equilibrio perdido, lo dijeron en National Geographic una vez, la posta es zambullirse de golpe.

El miércoles la llevé al Sanatorio Mautoné de Maldonado a que le vean la fiebre y la tos convulsa.

Y mientras le estaban haciendo unas placas llegó a la recepción del sanatorio un viejo pálido, enclenque, muy desmejorado. El pobre hombre estaba no menos de 15 kilos por debajo de su peso saludable, estaba desvencijado por todos lados, realmente a la miseria. El viejo se asoma al mostrador y le pide a la recepcionista que lo atiendan, que le hagan un estudio, que hagan algo. La recepcionista entonces le dice que tiene que abonar 200 pesos uruguayos (algo así como $40) y el pobre viejo, con todos sus dolores a cuestas, saca energía de no sé dónde para quejarse a los gritos: que no puede pagarlo, que cómo lo van a dejar morir, ahí mismo, a la vista de todos, que cómo podían ser tan crueles con un viejo. De verdad me partió el alma. Entonces junté coraje, me acerqué, le agarré la mano y le di los 200 pesos uruguayos, un billete de 100 y dos de 50. Nadie debería morirse por una cifra tan ridícula. El viejo se miró la mano con el bollito de billetes y me dijo: “yo con esto me voy al bar” y cuando lo dijo, sentí una pestilencia etílica devastadora emanando de sus fauces. Y se fue rengueando, por la misma puerta por la que entró. Era un viejo crápula, un borracho hijo de puta. Y yo, un pelotudo. Me cagó las vacaciones.