miércoles, diciembre 30, 2009

Los 9 tipos de usuarios de Twitter

Hace unos meses, los gurúes 2.0 me convencieron de que Twitter era el futuro en redes sociales: “el lugar de encuentro de la gente cool”, “una genial divulgadora de noticias y contenidos”, y “una excelente generadora de contactos profesionales”, entre otras promesas más que atractivas. Así que junté coraje (como cuando se entra a un restaurant muy paqueto creyendo que se va a desentonar) y saqué una cuenta en Twitter. Y esto es lo que encontré, con ustedes los 9 tipos de usuarios de Twitter.

El Literal:

Twitter se rige por una consigna simple que el Literal sigue al pie de la letra: “¿Qué estás haciendo?”. La respuesta es esperable: “Lavándome los dientes”, “Yendo a trabajar”, “Llenando una planilla de Excel”, “Llenando otra planilla de Excel”, “Cocinando un arroz instantáneo”, “Yéndome a dormir”, y así sucesivamente, con mínimas variaciones, a lo largo de toda su vida. Este tipo de usuarios, con toda su sensatez a cuestas, rara vez tiene seguidores. Los tendría, quizá, si su vida fuera la de Justin Timberlake.

La Presumida:

La presumida quiere convencer a todos de que tiene la vida de Paris Hilton, pero en lugar de mostrarla en un reality show por FOX, prefirió mostrarla en Twitter: “Tomando daikiris en la terraza”, “Navegando en el delta con Fede”, “¡Me quiero morir! ¡Llegó el resumen de la tarjeta!”, “Me voy mañana a New York, si alguien sabe de un buen hotel que mande DM”, “Yendo a la Final del Abierto de Polo con Guti… ¡aguante Chapaleufú!”, y similares delirios de esquizofrénica pomposa.

El de la Matrix:

Neo ingresó en la Matrix para destruirla desde adentro y el usuario de la Matrix pretende lo mismo. Él simplemente se inscribió para explicarle a todos que parecen estúpidos, que no se entiende lo que dicen, que es mentira que esté bueno, o que es mejor salir y jugar a la pelota: “¿De verdad esto es Twitter? Porque a mí me dijeron que estaba buenísimo…”, “¿Qué estoy haciendo? Estoy en este Twitter de mierda”, “Nada, si estuviera haciendo algo no estaría en Twitter”. Y tiene razón, sinembargo la gran mayoría de Twitteros de la Matrix terminan abducidos, convirtiéndose en cualquiera de las otras variedades.

La Pesada:

Hay una tipología de mujer que siempre llama a su novio cada 5 minutos. Es sistemático e inevitable, cada 5 minutos tiene que llamarlo para preguntarle qué está haciendo, en dónde, con quién y hasta cuándo. Esta mujer tiene su correlato en Twitter: la Pesada es la usuaria que necesita contarnos qué está haciendo en cada momento: “Me voy a buscar un café a la máquina del laburo”, “Ya está, volví”, “uuuuhhh… está hirviendo, me cocinó la lengua!!!!”, “Me parece que voy a dejar que se enfríe un poco ¿qué dicen?”. Y no te deja opción, a los 20 minutos tenés que borrarla, por psicótica enferma.

El Gordon Gecko:

El Gordon Gecko está obsesionado en demostrar su know how en finanzas, management y economía. Por eso todos sus Tweets implican, por lo menos, 100 millones de dólares en juego: “Última conferencia de Steve Jobs consiguió subir las acciones de Apple un 11%”, “General Motors perdió US$ 800 millones este trimestre… ¿se viene la quiebra?”, “Mal comienzo para Obama en sus relaciones con China, principal prestamista de EEUU”. Pero por favor… paremos esta mentira de una buena vez, si todos sabemos que vas al supermercado el día del descuento.

El Rain Man:

Al usuario Rain Man no le importa nada de nada. Él vive su mundo, simplemente suelta frases a la marchanta y el que quiera sumarse, que se sume: “Tomá hija de puta!”, “Te cagué”, “Y bue, la vida es así”, “In your face mother fucker!”, “Qué jugador que soy…”, “La maté porque la amaba” y demás incoherencias sin conexión aparente. Para serles sincero, y basándome en la observación sistemática de esta red social, la enorme mayoría de los mensajes tienden al formato Rain Man y muchos, sin embargo, consiguen establecer el diálogo con otros Rain Men.

El Twittero puro:

En los años 80 y 90, Alberto Olmedo y Marcelo Tinelli mostraban a sus camarógrafos y hacían chistes con ellos. Eso era la TV hablando de la TV, revelando el artilugio. En el 2006 los blogs de vanguardia empezaron a analizar el fenómeno de los blogs. Eso era blogs hablando de blogs. Y ahora el colmo de la modernidad son los Twitteros obsesionados con el fenómeno Twitter: “Twitter llegó a los 44.500.000 usuarios”, “El tráfico de Twitter creció un 600% en los últimos 12 meses”, “Se estima que se abren diariamente 8000 cuentas de Twitter”. La verdad es que a nadie le importa todas esas pelotudeces, pero uno los sigue por las dudas, por si en algún momento alguno de ellos revela cómo hacer guita con esto.

La Copada:

La Copada es la típica mina que no le niega el saludo a nadie, la que saluda a todos los porteros de la cuadra, la que sabe el nombre de todos los kiosqueros del barrio, la que siempre está con una sonrisa. Es como una cruza de animadora infantil y tía esclerótica: “Buen día chicos!”, “¿Cómo andan todos por ahí?”, “Que en estas Navidades todos encontremos la paz y la estrella de Belén ilumine nuestros caminos”, “Me voy a la camucha… hasta mañana!”.

El Vivito / La Vivita:

El vivito no encaja del todo en Twitter y sin embargo no hace mayores esfuerzos por integrarse, no revisa los Retweets, no contesta los mensajes, no obedece la consigna, a él simplemente se le ocurrió que este podía ser el formato ideal para registrar sus ocurrencias y poco le importa lo que hagan los demás: "Tengo 12 horas para bajar 5 kilos, quizá me ampute una extremidad", "La gente que tira cañitas voladoras, o la que hace jodas el día de los inocentes, es fronteriza", "Cuando dejan de darte asco las frutas del pan dulce, es que te volviste viejo", o "¿La web de Fort tiene banners de Mercado Libre? ¿Tanta guita daban esos banners? ¡Hubieran avisado!".

lunes, diciembre 28, 2009

Me cagó el Día (27/12)

No quisiera ser repetitivo pero me volvió a pasar. Fui a un establecimiento gastronómico y alguien me cagó el día. Esta vez fui a Selquet por un trago, un mojito. Elegí un mojito porque la menta, uno de sus ingredientes esenciales, se usaba en la Antigua Grecia para mejorar el malhumor. Y elegí Selquet porque desde su terraza se respiran los eucaliptos de Palermo, y esta hierba, según los romanos que lo usaban como anestésico, tiene un efecto narcótico. Miren sino a los koalas, que sólo comen eucaliptos y siempre están felices (de hecho, los koalas están drogados todo el día).

Entonces el mozo me sirve mi mojito, que viene con una canasta de papas fritas y un triolet con jamón, queso y aceitunas (jamás toco las aceitunas, tengo por convicción no comer alimentos que tiendan a la forma esférica) y me dispongo a disfrutarlo mientras inhalo ese aire anestésico al que encomendé la difícil tarea de hacerme feliz por al menos 20 segundos. Inmediatamente, como si 20 segundos de felicidad fueran demasiado pedir, llega un viejo de unos 50 años con una mina de 22. Debe ser su hija, pensé que eso era lo lógico.

El viejo, con una frente de unos 18 centímetros totalmente insolada, con 5 botones de la camisa abiertos, y con un “look gremialista” que me dio palpitación ocular, depositó sus 2 celulares sobre la mesa y realizó su pedido. Acto seguido, este crápula de frente interminable procedió a meter su lengua en las fauces de su acompañante y a acariciarle la rodilla. Definitivamente no era su hija. Era una "coge-viejos" -ni siquiera una cazafortunas de alto vuelo-, una simple vaga que no quiere trabajar en un call center toda la vida, que no quiere ver “Valientes” en un 21 pulgadas, que no quiere que un pelilargo la lleve al parque en ciclomotor, saque la guitarra y le cante “Detrás de las paredes”, con esos falsetes forzados de cantante amateur. Y me dejó pensando, porque quizá tenga razón, quizá un vejete pulcro no pueda ser peor que todo ese compendio de desgracias.

Me cagó el día.

domingo, diciembre 20, 2009

Me cagó el día (20/12)

Estoy almorzando en una parrilla palermitana, es un día soleado y estoy en una mesa a la calle, la situación es lo más cercano a un día de campo que yo pueda tolerar. De repente se estaciona un Porsche Cayman frente a mis ojos. Blanco, impecable, perfecto, no puedo dejar de mirarlo. Si tenés mucha suerte -y sólo si tenés mucha suerte- te podés comprar un auto así cuando ya no tenés la edad para disfrutarlo. La vida tiene la costumbre de reirse de nosotros en nuestra propia cara. De pronto se abre la puerta del conductor y se baja un pibe de unos 24, quizá 26 años, pero no voy a dejar que me cague el día. Ahora se abre la puerta del acompañante y se baja una adolescente de unos 17 o 18 años, piel dorada, Ray Ban gigantes, mini short pequeñísimo. Se baja del Porsche, le da un portazo porque no le importa nada, y comienza a juguetear con su celular touch screen. Contestar mensajes de texto, contestar e-mails, actualizar el fotolog, qué sé yo, ya ni me acuerdo qué hacían los jóvenes. Pero, de nuevo, no voy a dejar que me cague el día, hay que aprender a aguantarse, a no codiciar la mujer de tu prójimo, a no codiciar los bienes ajenos, aunque te des cuenta que jamás viviste la vida y no puedas pensar en otra cosa.

En la mesa de al lado hay 3 tipos compartiendo una botella de vino. Uno come una milanesa a caballo, una milanesa del tamaño de una paleta de paddle, coronada con un huevo frito, un huevo frito que parece de avestruz, la porción de papas fritas es casi obscena. Los otros le hacen chistes malos sobre su hígado, sobre la cantidad de aceite utilizado en la cocción, sobre las calorías ingeridas, y el que come la milanesa a caballo les retruca: "Yo me llevo la vivido a la tumba", mientras engulle un pedazo de milanesa embebido en yema de huevo.

"La vivió", comió milanesa a caballo con 2 pelotudos que hacían chistes malos sobre su hígado. Era un mediocre sin aspiraciones, un conformista, un negador, le rompería su botella de vino berreta por la mollera.

Me cagó el día.

Me cagó la noche (19/12)

Estoy en un restaurant, cenando un risotto con queso, y mientras miro el plato y la panera, ambos vacíos, pienso que es probable que no vuelva a cagar nunca más. En la mesa de al lado acaban de ubicarse cuatro señoras de entre cuarenta y cinco y cincuenta años, todas bien peinadas, perfumadas, supongo que bien vestidas, aunque a esa edad todo sea en vano: una cuarentona arreglada es como un Peugeot 504 tuneado ¿Qué cambia? ¿Qué necesidad hay?

A los dos minutos esucho a una de las viejas susurrarle a las otras: "no vayan a mirar, pero allá está... en aquella mesa", y con su mentón botoxeado señala otro sector del restaurant. Entonces, las cuatro se levantan sigilosamente, y se mudan a ese sector que no llego a divisar.

Estaban siguiendo a un tipo, tratando de descubrir una infidelidad o de provocar un encuentro fortuito, no lo sé. Lo que sí sé es que eran cuatro menopáusicas pelotudas jugando a ser jóvenes, o jugando a esa tragicomedia llamada Sex and the City, y que la situación me pareció de un patetismo tal que me cagó la noche.

miércoles, diciembre 16, 2009

Me cagó el día

Estoy en un embotellamiento y estoy llegando tarde al trabajo, cuarenta minutos más tarde de lo previsto. El semáforo se pone en verde una y otra vez, pero los autos no avanzan, permanecen inmóviles, de eso tratan los embotellamientos. El climatizador dice que adentro del auto hacen 23°, pero afuera hacen 35° y yo me estoy haciendo mala sangre por adelantado.

Pero lo que más me indigna de esta situación no es que nadie avance, sino que nadie esté tocando bocina. Recapitulemos: estamos todos encerrados en algo que no se mueve, que es más chico que un ascensor y sin embargo lo tomamos como algo aceptable, como algo natural. ¡Nadie desespera! Yo no sé si los demás hacen yoga, si tienen inteligencia emocional, o qué carajo está pasando, pero hace 5 minutos que estamos inmovilizados y nadie está tocando bocina.

Al lado mío hay un tipo en una Traffic. Está con el vidrio totalmente bajo, es evidente que no tiene aire acondicionado, que tiene la espalda y las pelotas enchastradas en sudor. Al principio me reconforta un poco pensar que la está pasando peor que yo, pero al rato ese alivio se disuelve, entonces trato de asimilar su resignación, de encontrar el origen de su tolerancia. Y mientras lo hago, desespero irremediablemente y me cuelgo de la bocina como un enajenado:

Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip.

Habrá sido un bocinazo de unos tres segundos. Dicho así puede parecer poco, pero es bastante: tres décimas de segundo equivalen a un aviso, seis décimas de segundo pueden ser un llamado de atención, pero tres segundos es un grito desesperado.

Este hombre, al escuchar la bocina, saca la mano de su Traffic. Quizá esté por hacer un ademán cómplice, quizá comparta mi indignación, pero no. Saca la mano y veo que entre el pulgar y el índice tiene un tatuaje, en esa ubicación tan típica de consumidor de marihuana. Entonces gira la cabeza, me mira fijo, y hace un gesto con la mano, un simple movimiento ascendente y descendente que, sin palabras, me dice muchas cosas: “¿Pero quién te apura? Si media horita más, media horita menos, no mata a nadie... mejor prendé la radio y disfrutá el paisaje, pero no vuelvas a tocar bocina que yo estoy bien así...”.

Era un hippie pelotudo con ganas de aleccionarme en pleno embotellamiento. Me cagó el día.

Confirmado: es el Anticristo


sábado, diciembre 12, 2009

Me cagó el día (11/12)

Voy con 5 amigos a almorzar un sánguche de mondiola en uno de esos puestos herrumbrados de Costanera Sur. Estamos buscando “la experiencia mondiola”, la ceremonia completa. Queremos que nos atienda un tipo sudado, con los poros gigantes, y queremos que nos entregue el pedido con la misma mano que recibió el dinero. Queremos ver cientos de palomas, sobrevolando el lugar, bombardeando el piso con sus excretas blancas. Queremos ver los potes industriales de mayonesa, y queremos verlos al sol, incubando todas las pestes habidas y por haber. Queremos “la experiencia mondiola”, sentir que nos estamos haciendo mierda, eso es lo que fuimos a buscar.
Llegamos. Pedimos. El empleado me entrega mi sánguche de mondiola y yo procedo a tunearlo, personalizarlo, eso también es parte de “la experiencia mondiola”. Le pongo lechuga, una hoja apenas lavada, le pongo 2 cucharadas de salsa criolla, y le pongo un poco de una salsa con cositas verdes que flotan en una especie de aceite. Un amigo me contó una vez que vio cómo la caca de una paloma caía sobre ese aderezo verde, fue en este mismo puesto mondiolero, pero fue hace más de un año, ya prescribió.

Estamos listos. Nos disponemos a comer nuestras mondiolas llenas de nervios y grasa, colesterol y bacterias. Cuánto más cerca estás de la muerte más vivo te sentís, por eso vinimos a coquetear con la muerte, para sentirnos más vivos. Entonces, estoy por hincarle el diente a mi mondiola, por rendirme a la tentación de la carne, y no sé de dónde llega un tipo a toda velocidad en una Trek 6500. Y tiene el casco de carbono, tiene los anteojos aerodinámicos con cristal espejado y tiene la calcita negra. Incluso, y esto lo noté porque soy muy observador, tiene el sillín antiprostático, el sillín que vale como 1000 pesos pero que no te jode la próstata, que no te cocina los huevos. Es un deportista de elite, un tipo que hace las cosas bien, que cuida sus arterias, que tiene como 45 años pero está mejor que todos nosotros. Y el tipo se baja de la bici, pide una mondiola, le pone todas las salsas que encuentra, y se la fagocita ahí mismo, con el casco de carbono puesto, y mientras lo hace -presten atención a este detalle- toma el Gatorade Power Mango que lleva en la caramagnola de la bicicleta. Este tipo es un hipócrita, no quiere resignar nada, quiere ser deportista de elite y tener “la experiencia mondiola”, ahí, al lado mío.

Me cagó el día.

miércoles, diciembre 09, 2009

Humor sano

Voy a tirarme abajo del Celeris.

sábado, diciembre 05, 2009

Remedio

Salgo del trabajo con toda mi frustración a cuestas y voy a la farmacia a buscar un remedio. No para la frustración, un remedio, un medicamento que me pidió mi mujer por SMS. Entonces pido el remedio, agrego mi Minoxidil, y yendo a la caja veo a Julieta esperando para pagar sus ansiolíticos, algo para un herpes, quizá una píldora del día después. Simplemente no lo sé, lo que sea esté llevando está adentro de una bolsita azul inviolable, la farmacia se maneja así y yo sólo puedo inferir lo peor.

Con Julieta cursé algunos años de la facultad y nunca más la vi. Nuestras vidas habían tomado por caminos diferentes, caminos que la enfermedad y la alopecia androgenética acababan de unir. Era la clase de mujer que descree del sabor citrus y los jugos de frutas tropicales, que no cree que estén todas las frutas que promete la etiqueta, se cree viva por eso, y sin embargo cree en la mentira de los shampúes con Ceramidas y los dentífricos blanqueadores. Lo puedo ver, no necesito los testeos del marketing para desenmascararla, para saber lo mal que me cae esa clase de mujer.

Se da vuelta, quizá se olvidaba un desodorante a bolilla, quizá sólo estaba desesperada por agarrar a un tipo mirándole el orto, pero era poco probable. Hacemos contacto visual. Mis opciones son juntar coraje y saludarla, o huir con la medicación, como un carterista, con mi bolsita azul inviolable corriendo lo más rápido que pueda. "Elijo" saludarla. Si estuviera sudado, o con el cutis graso, quizá me hubiera dado a la fuga, pero no era el caso ese día. Entonces hacemos el protocolo completo, el “estás igual”, el “tanto tiempo”, el “con quién te seguís viendo”, toda esa pelotudez, como si de verdad nos importara. Acto seguido salimos de la farmacia, los 2 para el mismo lado, yo a buscar el auto, y ella no lo sé, y acá empieza la anécdota, todo lo demás era protocolo literario.

- Estoy con el auto ¿Te acerco a algún lado? -le pregunto, esperando que me conteste que no, y entonces yo insistiría lo justo, apenas un poco menos de lo necesario para convencerla-.

- Bueno -me dice, como si tuviéramos la confianza-.

En el auto Julieta me cuenta detalles de su vida. Todo parece indicar que se ha convertido en una mujer exitosa, una triunfadora, una mujer que llegó. Me dice que tiene una oficina con vista al río, en un piso 22, parece que es gerente de innovaciones de una multinacional, que responde al gerente de otra cosa, algo regional, no le entendí. Me dice que tiene una asistente, intuyo que su asistente también tiene vista al río, y me parece que gana más que yo, no me pareció prudente preguntar. Me dice que compró un departamento, que está pagando un auto pero que no tiene registro, ni siquiera sabe si le interesa manejar. Me dice que en su trabajo premian a los gerentes con un viaje todos los años, que este año va a elegir Nueva York, aunque ya la conoce. Lo que no me dice es que quiere ver la segunda parte de Sex and The City antes de que llegue a Buenos Aires, pero es obvio, es por eso. En el semáforo trato de sacar otro tema, me cuenta que los martes va a la psicóloga, que el miércoles va a natación, el jueves hace spinning y el viernes psicóloga de nuevo. Algo así. De eso trata la liberación femenina, trabajar, hacer deportes, no tener que lavar los platos, ponerse electrodos en los glúteos. Pregunto por los hombres y me dice que está focalizada en lo profesional, que quiere hacer carrera, que un hombre sería un obstáculo y tampoco sabe si quiere quedarse en el país. Que quizá sea muy exigente pero no va a conformarse, muchas dicen eso. Pero yo creo que el problema es otro, Julieta es tan competitiva, tan ansiosa, tan orientada a los resultados, que cuando conoce a un hombre le agarra el pito demasiado rápido, siempre en la primera salida. Y nunca más la vuelven a llamar. Ningún hombre la toma en serio, eso es lo que pasa. Se lo diría pero voy a esperar a que su psicólogo lo descubra, en 2 años si es de los buenos. Me sigue contando cosas y yo pienso que se subió al auto sólo para eso, para repetir una vez más un discurso del que quiere convencerse. En el semáforo un chico viene a ofrecerme un ramo de flores. 30 pesos me pide. Piensa que Julieta es mi novia o algo así, vio la oportunidad y no la dejó pasar. Está bien, así surgen los nuevos mercados. Le digo que sí, que me dé sus flores, es un ramo aceptable, hay variedad, no hay huecos, más que bueno para el standard de semáforo. Cuando vuelvo a mirar a Julieta me doy cuenta de todo. No cree en las frutas tropicales, cree en las Ceramidas, pero no cree que su vida sea tan perfecta.

Hago 2 cuadras más y dejo a Julieta. Hago 1 cuadra más, detengo el auto en doble fila, me bajo y dejo las flores sobre un cesto naranja, un cesto de basura amarrado a un tubo de luz. No las necesitaba más, ya habían vencido al feminismo más dogmático. Podía llevarlas a casa, es cierto, la cursilería garpa de vez en cuando, pero no voy a llegar a casa con un Dexalergin y un ramo de flores. Hubiera sido cualquiera.