Ni sé por qué la hacemos, es impertinente, incómoda y superficial. Un desubique absurdo que apenas superados los 30 aprendemos a contener, quizá por pudor o quizá por la actualización periódica de los códigos de amistad: con el paso de los años los amigos empezamos a incluir dosis apenas perceptibles de respeto mutuo.
También puede ser porque en determinado momento el aspecto pasa a segundo plano y resulta apresurado preguntar lo verdaderamente importante: si te rompe mucho las bolas.
Pero hubo una vez que ese molesto improperio resultó revelador:
Tomás: “¿Está buena esa Melisa?”
Mauro: “Está buenísima”.
Tomás: “¡De lujo! ¿Cómo es?”
Mauro: “Pará… estoy pensando algo…”
Tomás: “¿Qué tenés que pensar?”
Mauro: “Es que está buenísima… pero me acabo de dar cuenta de que en realidad es horrible”.
Aunque parezca contradictorio la verdad era esa: Melisa estaba buenísima pero era horrible. No respetaba ningún parámetro de belleza ni era exótica en el sentido almodovariano, pero definitivamente no pasaba desapercibida. De hecho era un compendio de peculiaridades físicas difíciles de pasar por alto. A saber:
- Altura de ewok.
- Miembros inferiores de canguro australiano.
- Miembros superiores de T-Rex.
- Seno “bolsillo de camisa” (aquel pecho cuyo botón se ubica en el tercio superior de la mama).
- Nariz de Halcón Peregrino.
- Un pelaje que dependía del alisado riguroso para no convertirse en un gorro de piel de mapache.
- Secuelas dérmicas propias del abuso de la cama solar.
Sinceramente no me había percatado de que Melisa era sumamente parecida a Alf con peluca.
¿Qué le veía? ¿Cómo no había notado que salía con un bicho escalofriante? ¿Sería que la iluminación del boliche la favorecía? ¿O era su vestuario exhibicionista que dejaba poco y nada librado a la imaginación? Había un poco de eso pero la clave era el contagioso exceso de confianza en sí misma que emanaba. Melisa entendía todo, era como una criatura del pantano con complejo de diosa del olimpo: ese amor propio la hacía irresistible.
Al poco tiempo Tomás y yo terminamos maravillados con esta variedad recién descubierta, evolución darwiniana de la mujer standard pero que utiliza todos los recursos a su alcance para prevalecer entre la masa. Tal era nuestra fascinación por “las horribles que están buenísimas” que les pusimos un sinnúmero de denominaciones afectuosamente crueles: Las Cenicientas, Las Sirenas (cruza de diosa y pescado), Las Envase Retornable, Las "Quelevén" y Las "Distancia Prudencial". Pero la mejor denominación fue la que Alicia Silverstone esgrimió en "Clueless", las Chicas Monet.
Las obras del principal nombre del impresionismo se caracterizaban por ser excesivamente sensibles a la distancia del observador. Monet no mezclaba los colores en la paleta sino que lo hacía en el cuadro a través de puntos que obligaban al observador a mantener cierta distancia para apreciar la mezcla cromática. Si el espectador se acercaba demasiado se revelaba el pastiche. Y Monet cedía su nombre a aquellas cerdas que de lejos son increíbles pero que al acercarse son, literalmente, una patada en las bolas.
Melisa era una chica Monet: abusaba del bronceado, los pantalones cometrapo y los tops fluorescentes. También tenía una colección de gorras y anteojos de sol que en consonancia con su flequillo le concedían una indiscutible imagen petera. Se la pasaba hablando de ropa, del gimnasio y de su culo, que para ser objetivo ni siquiera estaba tan bueno, pero de tanto mencionarlo te terminaba convenciendo de que su orto era casi una celebridad barrial.
Es curioso, pero las chicas Monet huelen todas parecido, creo que es una mezcla de cama solar, humectante Nivea, Pachuli y cigarrillo; siempre tienen entre 2 y 3 tatuajes descoloridos y algún piercing.
Si bien la mayoría son recepcionistas en Silver Solarium o Megatlon, hay muchas que son universitarias y administrativas, de hecho mi ejemplar trabajaba en un banco.
Melisa se sacaba cientos de fotos donde quiera que fuera: “tomando Ketamina con Guti”, “las diosas del verano en Pina”, “mezclando Rivotril y otras porquerías en Pachá”, “compartiendo Cosmopolitans en el Soul Café” o “todas juntas en la fiesta del Animal Print”. Las chicas Monet viven enamoradas de sí mismas, ¿cómo no estarlo nosotros de ellas?
Pero al poco tiempo me di cuenta que en realidad sólo nos enamoramos de su autoestima, su fotogenia y su bronceado. La principal motivación de los hombres no es apropiarnos de una Monet, sino privarle a otro la ilusión de tenerla.
Si Melisa fuera un auto sería un convertible italiano: perfecta para sacarse las ganas un verano hasta que llega el primer día de lluvia y con él la convicción de que lo que querés es sacártela de encima. Y así fue, de a poco dejé morir la relación: “hoy no puedo, mañana tampoco y pasado no sé” hasta que ella tomó la determinación. Pero la verdad es que había aparecido una nueva peculiaridad física que no pude aceptar:
Mauro: “El otro día fuimos al Unicenter y me di cuenta que arrastra los pies al caminar. No la aguanto más.”
Tomás: “¿Pero mucho?”
Mauro: “Constantemente”
Tomás: “Qué desastre… capaz son los tacos de prostituta que usa”
Mauro: “No sé, pero esta relación así... no camina”
Estamos en una calle desierta de la periferia de Temperley. La vemos a Jésica Cirio caminando sola mientras come un Marroc y pasea un coqueto Yorkshire Terrier. Jésica viste un sugerente pantalón de vinílico blanco y tacos aguja de 15 cmts. Se está haciendo de noche y Jésica camina provocativamente, cada uno de sus movimientos es una invitación al pecado (esta caminata se mostrará en cámara lenta, resaltando toda la sensulidad de Cirio: cada uno de sus pasos, el movimiento de su cadera, sus labios degustando el Marroc y cómo introduce su dedo índice en su boca para disfrutar el chocolate derretido que marcaba sus huellas dactilares). Jésica contrasta con el bucólico paisaje de la zona, plagado de veredas rotas, paredes cubiertas con pintadas soeces y zapatillas colgadas en clara señal de zona liberada.

