El Nuevo Pelotudo de San Isidro está convencido de que vive en un paraíso terrenal. El problema es que su paraíso está actualmente sitiado por una de las villas más peligrosas del cordón bonaerense, planteando una convivencia forzada entre los “pardos” y los “gente como uno”.
Agustín era un Nuevo Pelotudo de San Isidro y como tal necesitaba plantear a cada rato esa dicotomía que reforzaba su pertenecia al sector privilegiado de ese nefasto maridaje social, de hecho lo había bautizado
Sr. Drummond, porque según su discurso retrógrado vivía rodeado de negros.
Un día no me aguanté más y después de escucharlo mencionar a “los pardos” una veintena de veces tuve que interrumpirlo.
Mauro: ¿Pero quiénes vendrían a ser los pardos?
Agustín: Y... (finge hastío y se desentiende como quien no quiere la cosa).
Mauro: (arremetiendo con todo) -¡Los pobres!
El Sr. Drummond, investido en un falso sentimiento de conciencia social, me retrucó:
Agustín: No, no, no... no tiene nada que ver con la pobreza
man.Mauro: ¡Entonces los negros! ¡Negros crápulas que pretenden vivir en Zona Norte y afearte
“la playita” con su oscura presencia!
Agustín: Tampoco
man, no somos así.
Mauro: ¿Entonces quiénes son? ... “Pardo” es sinónimo de “negro”...
Agustín: Sí, pero en todo caso es... (Drummond hace una pausa y junta coraje) -
Como una negrura de espíritu...
Mauro: ¡Claro! ¡El tema son las mañías de negro! ¡Como reproducirse sin cesar!
Agustín: Bueno, dicho así suena feo,
tipo que podrían estar mucho mejor
pero no quieren hacer las cosas bien, man.
Mauro: ¡Y cómo van a estar si tienen como 5 críos y todos hacinados en la misma casa!
Agustín: ¡Tal cual!
Mauro: ¡Y todos andan armados! ¡Con chumbos andan los hijos de puta!
Agustín: Tal cual, ya no se puede vivir así,
man.Mauro: ¡Y todos tienen como 3 “perropolicías” subidos al techo de la casa chumbándole a todo! ¡porque eligen vivir en el epicentro del choreo!
El Sr. Drummond asentía, pero no podía poner las manos en el fuego por su capacidad de procesamiento así que tuve que cerrar el concepto.
Mauro: Tener más de 4 pibes, tener armas o tener más de 2 perros que superan los 40 kilos es de pardo en todo el mundo.
El Sr. Drummond hizo silencio y siguió pensando. Todos los Nuevos Pelotudos de San Isidro tienen 5 hermanos igual de ignorados por los padres, un revólver en la casa, otro en el coche y 3 perros inmensos que cagan montañas de mierda en nombre de la seguridad. Él no era la excepción y sin embargo nunca había reparado en las similitudes que guardaba con esos “pardos” que tanto odiaba. Ni siquiera cuando se calzaba una musculosa y se subía a una ridícula bicicleta playera para ir a su estúpida
playita (plagada de autos tunning y guitarristas frustrados) a bañarse con sus amigos en un río amarronado en óxido de Eveready.
Supongo que es difícil entrar en razones cuando esa horda de humanoides aceitunados lo convertían por contraste en Rockefeller: vivir en San Isidro es como veranear en Cuba, una constante experiencia de felicidad culposa motivada por el hecho de estar menos sonado que todos los miserables que tenés a tu alrededor.
Pero el Sr. Drummond no sólo se reía de los “pardos”, también se reía del Tradicional Pelotudo Sanisidrense y toda su paquetería: aquellos emblemáticos oligarcas del Opus Dei que se pasaban las tardes en el Náutico jugando al golf. Sucede que el Nuevo Pelotudo de San Isidro tiene una vida muchísimo más extrema, siempre al límite... como
Pachi, el de 5ta a Fondo.
Esto lo descubrí porque Agustín trató de integrarme a su grupo de amigos: Nacho, Juani y Juanchi, que siempre llegaban apuradísimos y haciendo estruendo en "la chata", una 4 x 4 con patonas llena de stickers de diferentes que validaban sus veraneos en Pinamar. Estos energúmenos eran como 3 clones de Matías Alé: totalmente naranjas de la cama solar y con el mismo peinado que Gustavo Bermudez. Andaban por la vida con disfraz de surfer, con gorritas e inmundas havaianas que revelaban ante mis ojos sus perturbadores empeines peludos. Ahora que lo pienso, nunca los vi hacer surf ni hacer uso de la doble tracción, pero lo que más me preocupaba era que nunca los vi con minas. El concepto de diversión de estos pelotudos consistía en atar decenas de objetos a una moto o cuatriciclo y tirar de ellas cientos de metros filmando los destrozos al grito de “boló”, “guarda boló”, “lo hicimos mierda boló”, “casi te matás boló” y “la concha de la lora, cómo tira este cuatri de mierda boló”.
Semana a semana trataban de superar los estragos precedentes incluyendo más motos o rompiendo cosas nunca antes destruidas hasta consagrarse como los auténticos Jackass del Subdesarrollo.
A la tarde iban a su playita de cabotaje a hacer nada hasta que se hacía de noche, entonces iban a
Kansas a engullir un Steak, un T-Bone o una Ribbs mientras rememoraban sus inolvidables estadías en Miami en pleno auge del 1 a 1. Después iban a comer ¼ kilo de helado en Vía Flaminia o un panqueque a Pepino y minutos más tarde daban inicio a una tortuosa sinfonía de eructos que revivía el delicado boucquet del aderezo Cesar, las finas notas aromáticas de la salsa barbacoa y el delicado aroma de un surtido de quesos fundidos con cebolla de verdeo.
A los 15 días, esa estúpida rutina que ellos repetían hacía más de 5 años, a mí me estaba empezando a aburrir.
Mauro: Hoy
después de romper algo más podríamos ir
a ponernos zapatillas y ver de buscar algunas minas...
(Silencio)
Mauro: No sé... algún boliche... tomar unos tragos... por acá cerca, tampoco es necesario salir de la zona.
(Silencio)
Mauro: Sunset está acá cerca creo...
Nacho: Pero Sunset está lleno de pardos
man...Juani: Sunset es una grasada... se llena de pardos que se vienen desde
Ramonejía a Sunset...
Mauro: ¿De dónde vienen?
Juani: De
Ramonejía... qué sé yo, de todos lados.
Mauro: Ramos Mejía.
Juani: Sí, ni sé dónde queda eso.
Mauro: En
zonagüeste.
Juanchi: Las minas aparecen solas, man... (vaticinó Juanchi al voleo haciendo una pausa antes de soltar una nueva enseñanza)... -
Mirá la onda que tenemos, que nos busquen ellas y nosotros elegimos.
La frase se repite en loop y la escena se funde a negro mientras vemos a cinco pelotudos sin minas, en bermuditas y ojotas, sosteniendo un pedazo de televisor viejo atado a un cuatriciclo a través de una cuerda.
Nunca más los volví a ver. Están los que dicen que sobre gustos no hay nada escrito, pero pocos de ellos han leído algo,
man.