miércoles, diciembre 30, 2009

Los 9 tipos de usuarios de Twitter

Hace unos meses, los gurúes 2.0 me convencieron de que Twitter era el futuro en redes sociales: “el lugar de encuentro de la gente cool”, “una genial divulgadora de noticias y contenidos”, y “una excelente generadora de contactos profesionales”, entre otras promesas más que atractivas. Así que junté coraje (como cuando se entra a un restaurant muy paqueto creyendo que se va a desentonar) y saqué una cuenta en Twitter. Y esto es lo que encontré, con ustedes los 9 tipos de usuarios de Twitter.

El Literal:

Twitter se rige por una consigna simple que el Literal sigue al pie de la letra: “¿Qué estás haciendo?”. La respuesta es esperable: “Lavándome los dientes”, “Yendo a trabajar”, “Llenando una planilla de Excel”, “Llenando otra planilla de Excel”, “Cocinando un arroz instantáneo”, “Yéndome a dormir”, y así sucesivamente, con mínimas variaciones, a lo largo de toda su vida. Este tipo de usuarios, con toda su sensatez a cuestas, rara vez tiene seguidores. Los tendría, quizá, si su vida fuera la de Justin Timberlake.

La Presumida:

La presumida quiere convencer a todos de que tiene la vida de Paris Hilton, pero en lugar de mostrarla en un reality show por FOX, prefirió mostrarla en Twitter: “Tomando daikiris en la terraza”, “Navegando en el delta con Fede”, “¡Me quiero morir! ¡Llegó el resumen de la tarjeta!”, “Me voy mañana a New York, si alguien sabe de un buen hotel que mande DM”, “Yendo a la Final del Abierto de Polo con Guti… ¡aguante Chapaleufú!”, y similares delirios de esquizofrénica pomposa.

El de la Matrix:

Neo ingresó en la Matrix para destruirla desde adentro y el usuario de la Matrix pretende lo mismo. Él simplemente se inscribió para explicarle a todos que parecen estúpidos, que no se entiende lo que dicen, que es mentira que esté bueno, o que es mejor salir y jugar a la pelota: “¿De verdad esto es Twitter? Porque a mí me dijeron que estaba buenísimo…”, “¿Qué estoy haciendo? Estoy en este Twitter de mierda”, “Nada, si estuviera haciendo algo no estaría en Twitter”. Y tiene razón, sinembargo la gran mayoría de Twitteros de la Matrix terminan abducidos, convirtiéndose en cualquiera de las otras variedades.

La Pesada:

Hay una tipología de mujer que siempre llama a su novio cada 5 minutos. Es sistemático e inevitable, cada 5 minutos tiene que llamarlo para preguntarle qué está haciendo, en dónde, con quién y hasta cuándo. Esta mujer tiene su correlato en Twitter: la Pesada es la usuaria que necesita contarnos qué está haciendo en cada momento: “Me voy a buscar un café a la máquina del laburo”, “Ya está, volví”, “uuuuhhh… está hirviendo, me cocinó la lengua!!!!”, “Me parece que voy a dejar que se enfríe un poco ¿qué dicen?”. Y no te deja opción, a los 20 minutos tenés que borrarla, por psicótica enferma.

El Gordon Gecko:

El Gordon Gecko está obsesionado en demostrar su know how en finanzas, management y economía. Por eso todos sus Tweets implican, por lo menos, 100 millones de dólares en juego: “Última conferencia de Steve Jobs consiguió subir las acciones de Apple un 11%”, “General Motors perdió US$ 800 millones este trimestre… ¿se viene la quiebra?”, “Mal comienzo para Obama en sus relaciones con China, principal prestamista de EEUU”. Pero por favor… paremos esta mentira de una buena vez, si todos sabemos que vas al supermercado el día del descuento.

El Rain Man:

Al usuario Rain Man no le importa nada de nada. Él vive su mundo, simplemente suelta frases a la marchanta y el que quiera sumarse, que se sume: “Tomá hija de puta!”, “Te cagué”, “Y bue, la vida es así”, “In your face mother fucker!”, “Qué jugador que soy…”, “La maté porque la amaba” y demás incoherencias sin conexión aparente. Para serles sincero, y basándome en la observación sistemática de esta red social, la enorme mayoría de los mensajes tienden al formato Rain Man y muchos, sin embargo, consiguen establecer el diálogo con otros Rain Men.

El Twittero puro:

En los años 80 y 90, Alberto Olmedo y Marcelo Tinelli mostraban a sus camarógrafos y hacían chistes con ellos. Eso era la TV hablando de la TV, revelando el artilugio. En el 2006 los blogs de vanguardia empezaron a analizar el fenómeno de los blogs. Eso era blogs hablando de blogs. Y ahora el colmo de la modernidad son los Twitteros obsesionados con el fenómeno Twitter: “Twitter llegó a los 44.500.000 usuarios”, “El tráfico de Twitter creció un 600% en los últimos 12 meses”, “Se estima que se abren diariamente 8000 cuentas de Twitter”. La verdad es que a nadie le importa todas esas pelotudeces, pero uno los sigue por las dudas, por si en algún momento alguno de ellos revela cómo hacer guita con esto.

La Copada:

La Copada es la típica mina que no le niega el saludo a nadie, la que saluda a todos los porteros de la cuadra, la que sabe el nombre de todos los kiosqueros del barrio, la que siempre está con una sonrisa. Es como una cruza de animadora infantil y tía esclerótica: “Buen día chicos!”, “¿Cómo andan todos por ahí?”, “Que en estas Navidades todos encontremos la paz y la estrella de Belén ilumine nuestros caminos”, “Me voy a la camucha… hasta mañana!”.

El Vivito / La Vivita:

El vivito no encaja del todo en Twitter y sin embargo no hace mayores esfuerzos por integrarse, no revisa los Retweets, no contesta los mensajes, no obedece la consigna, a él simplemente se le ocurrió que este podía ser el formato ideal para registrar sus ocurrencias y poco le importa lo que hagan los demás: "Tengo 12 horas para bajar 5 kilos, quizá me ampute una extremidad", "La gente que tira cañitas voladoras, o la que hace jodas el día de los inocentes, es fronteriza", "Cuando dejan de darte asco las frutas del pan dulce, es que te volviste viejo", o "¿La web de Fort tiene banners de Mercado Libre? ¿Tanta guita daban esos banners? ¡Hubieran avisado!".

lunes, diciembre 28, 2009

Me cagó el Día (27/12)

No quisiera ser repetitivo pero me volvió a pasar. Fui a un establecimiento gastronómico y alguien me cagó el día. Esta vez fui a Selquet por un trago, un mojito. Elegí un mojito porque la menta, uno de sus ingredientes esenciales, se usaba en la Antigua Grecia para mejorar el malhumor. Y elegí Selquet porque desde su terraza se respiran los eucaliptos de Palermo, y esta hierba, según los romanos que lo usaban como anestésico, tiene un efecto narcótico. Miren sino a los koalas, que sólo comen eucaliptos y siempre están felices (de hecho, los koalas están drogados todo el día).

Entonces el mozo me sirve mi mojito, que viene con una canasta de papas fritas y un triolet con jamón, queso y aceitunas (jamás toco las aceitunas, tengo por convicción no comer alimentos que tiendan a la forma esférica) y me dispongo a disfrutarlo mientras inhalo ese aire anestésico al que encomendé la difícil tarea de hacerme feliz por al menos 20 segundos. Inmediatamente, como si 20 segundos de felicidad fueran demasiado pedir, llega un viejo de unos 50 años con una mina de 22. Debe ser su hija, pensé que eso era lo lógico.

El viejo, con una frente de unos 18 centímetros totalmente insolada, con 5 botones de la camisa abiertos, y con un “look gremialista” que me dio palpitación ocular, depositó sus 2 celulares sobre la mesa y realizó su pedido. Acto seguido, este crápula de frente interminable procedió a meter su lengua en las fauces de su acompañante y a acariciarle la rodilla. Definitivamente no era su hija. Era una "coge-viejos" -ni siquiera una cazafortunas de alto vuelo-, una simple vaga que no quiere trabajar en un call center toda la vida, que no quiere ver “Valientes” en un 21 pulgadas, que no quiere que un pelilargo la lleve al parque en ciclomotor, saque la guitarra y le cante “Detrás de las paredes”, con esos falsetes forzados de cantante amateur. Y me dejó pensando, porque quizá tenga razón, quizá un vejete pulcro no pueda ser peor que todo ese compendio de desgracias.

Me cagó el día.

domingo, diciembre 20, 2009

Me cagó el día (20/12)

Estoy almorzando en una parrilla palermitana, es un día soleado y estoy en una mesa a la calle, la situación es lo más cercano a un día de campo que yo pueda tolerar. De repente se estaciona un Porsche Cayman frente a mis ojos. Blanco, impecable, perfecto, no puedo dejar de mirarlo. Si tenés mucha suerte -y sólo si tenés mucha suerte- te podés comprar un auto así cuando ya no tenés la edad para disfrutarlo. La vida tiene la costumbre de reirse de nosotros en nuestra propia cara. De pronto se abre la puerta del conductor y se baja un pibe de unos 24, quizá 26 años, pero no voy a dejar que me cague el día. Ahora se abre la puerta del acompañante y se baja una adolescente de unos 17 o 18 años, piel dorada, Ray Ban gigantes, mini short pequeñísimo. Se baja del Porsche, le da un portazo porque no le importa nada, y comienza a juguetear con su celular touch screen. Contestar mensajes de texto, contestar e-mails, actualizar el fotolog, qué sé yo, ya ni me acuerdo qué hacían los jóvenes. Pero, de nuevo, no voy a dejar que me cague el día, hay que aprender a aguantarse, a no codiciar la mujer de tu prójimo, a no codiciar los bienes ajenos, aunque te des cuenta que jamás viviste la vida y no puedas pensar en otra cosa.

En la mesa de al lado hay 3 tipos compartiendo una botella de vino. Uno come una milanesa a caballo, una milanesa del tamaño de una paleta de paddle, coronada con un huevo frito, un huevo frito que parece de avestruz, la porción de papas fritas es casi obscena. Los otros le hacen chistes malos sobre su hígado, sobre la cantidad de aceite utilizado en la cocción, sobre las calorías ingeridas, y el que come la milanesa a caballo les retruca: "Yo me llevo la vivido a la tumba", mientras engulle un pedazo de milanesa embebido en yema de huevo.

"La vivió", comió milanesa a caballo con 2 pelotudos que hacían chistes malos sobre su hígado. Era un mediocre sin aspiraciones, un conformista, un negador, le rompería su botella de vino berreta por la mollera.

Me cagó el día.

Me cagó la noche (19/12)

Estoy en un restaurant, cenando un risotto con queso, y mientras miro el plato y la panera, ambos vacíos, pienso que es probable que no vuelva a cagar nunca más. En la mesa de al lado acaban de ubicarse cuatro señoras de entre cuarenta y cinco y cincuenta años, todas bien peinadas, perfumadas, supongo que bien vestidas, aunque a esa edad todo sea en vano: una cuarentona arreglada es como un Peugeot 504 tuneado ¿Qué cambia? ¿Qué necesidad hay?

A los dos minutos esucho a una de las viejas susurrarle a las otras: "no vayan a mirar, pero allá está... en aquella mesa", y con su mentón botoxeado señala otro sector del restaurant. Entonces, las cuatro se levantan sigilosamente, y se mudan a ese sector que no llego a divisar.

Estaban siguiendo a un tipo, tratando de descubrir una infidelidad o de provocar un encuentro fortuito, no lo sé. Lo que sí sé es que eran cuatro menopáusicas pelotudas jugando a ser jóvenes, o jugando a esa tragicomedia llamada Sex and the City, y que la situación me pareció de un patetismo tal que me cagó la noche.

miércoles, diciembre 16, 2009

Me cagó el día

Estoy en un embotellamiento y estoy llegando tarde al trabajo, cuarenta minutos más tarde de lo previsto. El semáforo se pone en verde una y otra vez, pero los autos no avanzan, permanecen inmóviles, de eso tratan los embotellamientos. El climatizador dice que adentro del auto hacen 23°, pero afuera hacen 35° y yo me estoy haciendo mala sangre por adelantado.

Pero lo que más me indigna de esta situación no es que nadie avance, sino que nadie esté tocando bocina. Recapitulemos: estamos todos encerrados en algo que no se mueve, que es más chico que un ascensor y sin embargo lo tomamos como algo aceptable, como algo natural. ¡Nadie desespera! Yo no sé si los demás hacen yoga, si tienen inteligencia emocional, o qué carajo está pasando, pero hace 5 minutos que estamos inmovilizados y nadie está tocando bocina.

Al lado mío hay un tipo en una Traffic. Está con el vidrio totalmente bajo, es evidente que no tiene aire acondicionado, que tiene la espalda y las pelotas enchastradas en sudor. Al principio me reconforta un poco pensar que la está pasando peor que yo, pero al rato ese alivio se disuelve, entonces trato de asimilar su resignación, de encontrar el origen de su tolerancia. Y mientras lo hago, desespero irremediablemente y me cuelgo de la bocina como un enajenado:

Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip.

Habrá sido un bocinazo de unos tres segundos. Dicho así puede parecer poco, pero es bastante: tres décimas de segundo equivalen a un aviso, seis décimas de segundo pueden ser un llamado de atención, pero tres segundos es un grito desesperado.

Este hombre, al escuchar la bocina, saca la mano de su Traffic. Quizá esté por hacer un ademán cómplice, quizá comparta mi indignación, pero no. Saca la mano y veo que entre el pulgar y el índice tiene un tatuaje, en esa ubicación tan típica de consumidor de marihuana. Entonces gira la cabeza, me mira fijo, y hace un gesto con la mano, un simple movimiento ascendente y descendente que, sin palabras, me dice muchas cosas: “¿Pero quién te apura? Si media horita más, media horita menos, no mata a nadie... mejor prendé la radio y disfrutá el paisaje, pero no vuelvas a tocar bocina que yo estoy bien así...”.

Era un hippie pelotudo con ganas de aleccionarme en pleno embotellamiento. Me cagó el día.

Confirmado: es el Anticristo


sábado, diciembre 12, 2009

Me cagó el día (11/12)

Voy con 5 amigos a almorzar un sánguche de mondiola en uno de esos puestos herrumbrados de Costanera Sur. Estamos buscando “la experiencia mondiola”, la ceremonia completa. Queremos que nos atienda un tipo sudado, con los poros gigantes, y queremos que nos entregue el pedido con la misma mano que recibió el dinero. Queremos ver cientos de palomas, sobrevolando el lugar, bombardeando el piso con sus excretas blancas. Queremos ver los potes industriales de mayonesa, y queremos verlos al sol, incubando todas las pestes habidas y por haber. Queremos “la experiencia mondiola”, sentir que nos estamos haciendo mierda, eso es lo que fuimos a buscar.
Llegamos. Pedimos. El empleado me entrega mi sánguche de mondiola y yo procedo a tunearlo, personalizarlo, eso también es parte de “la experiencia mondiola”. Le pongo lechuga, una hoja apenas lavada, le pongo 2 cucharadas de salsa criolla, y le pongo un poco de una salsa con cositas verdes que flotan en una especie de aceite. Un amigo me contó una vez que vio cómo la caca de una paloma caía sobre ese aderezo verde, fue en este mismo puesto mondiolero, pero fue hace más de un año, ya prescribió.

Estamos listos. Nos disponemos a comer nuestras mondiolas llenas de nervios y grasa, colesterol y bacterias. Cuánto más cerca estás de la muerte más vivo te sentís, por eso vinimos a coquetear con la muerte, para sentirnos más vivos. Entonces, estoy por hincarle el diente a mi mondiola, por rendirme a la tentación de la carne, y no sé de dónde llega un tipo a toda velocidad en una Trek 6500. Y tiene el casco de carbono, tiene los anteojos aerodinámicos con cristal espejado y tiene la calcita negra. Incluso, y esto lo noté porque soy muy observador, tiene el sillín antiprostático, el sillín que vale como 1000 pesos pero que no te jode la próstata, que no te cocina los huevos. Es un deportista de elite, un tipo que hace las cosas bien, que cuida sus arterias, que tiene como 45 años pero está mejor que todos nosotros. Y el tipo se baja de la bici, pide una mondiola, le pone todas las salsas que encuentra, y se la fagocita ahí mismo, con el casco de carbono puesto, y mientras lo hace -presten atención a este detalle- toma el Gatorade Power Mango que lleva en la caramagnola de la bicicleta. Este tipo es un hipócrita, no quiere resignar nada, quiere ser deportista de elite y tener “la experiencia mondiola”, ahí, al lado mío.

Me cagó el día.

miércoles, diciembre 09, 2009

Humor sano

Voy a tirarme abajo del Celeris.

sábado, diciembre 05, 2009

Remedio

Salgo del trabajo con toda mi frustración a cuestas y voy a la farmacia a buscar un remedio. No para la frustración, un remedio, un medicamento que me pidió mi mujer por SMS. Entonces pido el remedio, agrego mi Minoxidil, y yendo a la caja veo a Julieta esperando para pagar sus ansiolíticos, algo para un herpes, quizá una píldora del día después. Simplemente no lo sé, lo que sea esté llevando está adentro de una bolsita azul inviolable, la farmacia se maneja así y yo sólo puedo inferir lo peor.

Con Julieta cursé algunos años de la facultad y nunca más la vi. Nuestras vidas habían tomado por caminos diferentes, caminos que la enfermedad y la alopecia androgenética acababan de unir. Era la clase de mujer que descree del sabor citrus y los jugos de frutas tropicales, que no cree que estén todas las frutas que promete la etiqueta, se cree viva por eso, y sin embargo cree en la mentira de los shampúes con Ceramidas y los dentífricos blanqueadores. Lo puedo ver, no necesito los testeos del marketing para desenmascararla, para saber lo mal que me cae esa clase de mujer.

Se da vuelta, quizá se olvidaba un desodorante a bolilla, quizá sólo estaba desesperada por agarrar a un tipo mirándole el orto, pero era poco probable. Hacemos contacto visual. Mis opciones son juntar coraje y saludarla, o huir con la medicación, como un carterista, con mi bolsita azul inviolable corriendo lo más rápido que pueda. "Elijo" saludarla. Si estuviera sudado, o con el cutis graso, quizá me hubiera dado a la fuga, pero no era el caso ese día. Entonces hacemos el protocolo completo, el “estás igual”, el “tanto tiempo”, el “con quién te seguís viendo”, toda esa pelotudez, como si de verdad nos importara. Acto seguido salimos de la farmacia, los 2 para el mismo lado, yo a buscar el auto, y ella no lo sé, y acá empieza la anécdota, todo lo demás era protocolo literario.

- Estoy con el auto ¿Te acerco a algún lado? -le pregunto, esperando que me conteste que no, y entonces yo insistiría lo justo, apenas un poco menos de lo necesario para convencerla-.

- Bueno -me dice, como si tuviéramos la confianza-.

En el auto Julieta me cuenta detalles de su vida. Todo parece indicar que se ha convertido en una mujer exitosa, una triunfadora, una mujer que llegó. Me dice que tiene una oficina con vista al río, en un piso 22, parece que es gerente de innovaciones de una multinacional, que responde al gerente de otra cosa, algo regional, no le entendí. Me dice que tiene una asistente, intuyo que su asistente también tiene vista al río, y me parece que gana más que yo, no me pareció prudente preguntar. Me dice que compró un departamento, que está pagando un auto pero que no tiene registro, ni siquiera sabe si le interesa manejar. Me dice que en su trabajo premian a los gerentes con un viaje todos los años, que este año va a elegir Nueva York, aunque ya la conoce. Lo que no me dice es que quiere ver la segunda parte de Sex and The City antes de que llegue a Buenos Aires, pero es obvio, es por eso. En el semáforo trato de sacar otro tema, me cuenta que los martes va a la psicóloga, que el miércoles va a natación, el jueves hace spinning y el viernes psicóloga de nuevo. Algo así. De eso trata la liberación femenina, trabajar, hacer deportes, no tener que lavar los platos, ponerse electrodos en los glúteos. Pregunto por los hombres y me dice que está focalizada en lo profesional, que quiere hacer carrera, que un hombre sería un obstáculo y tampoco sabe si quiere quedarse en el país. Que quizá sea muy exigente pero no va a conformarse, muchas dicen eso. Pero yo creo que el problema es otro, Julieta es tan competitiva, tan ansiosa, tan orientada a los resultados, que cuando conoce a un hombre le agarra el pito demasiado rápido, siempre en la primera salida. Y nunca más la vuelven a llamar. Ningún hombre la toma en serio, eso es lo que pasa. Se lo diría pero voy a esperar a que su psicólogo lo descubra, en 2 años si es de los buenos. Me sigue contando cosas y yo pienso que se subió al auto sólo para eso, para repetir una vez más un discurso del que quiere convencerse. En el semáforo un chico viene a ofrecerme un ramo de flores. 30 pesos me pide. Piensa que Julieta es mi novia o algo así, vio la oportunidad y no la dejó pasar. Está bien, así surgen los nuevos mercados. Le digo que sí, que me dé sus flores, es un ramo aceptable, hay variedad, no hay huecos, más que bueno para el standard de semáforo. Cuando vuelvo a mirar a Julieta me doy cuenta de todo. No cree en las frutas tropicales, cree en las Ceramidas, pero no cree que su vida sea tan perfecta.

Hago 2 cuadras más y dejo a Julieta. Hago 1 cuadra más, detengo el auto en doble fila, me bajo y dejo las flores sobre un cesto naranja, un cesto de basura amarrado a un tubo de luz. No las necesitaba más, ya habían vencido al feminismo más dogmático. Podía llevarlas a casa, es cierto, la cursilería garpa de vez en cuando, pero no voy a llegar a casa con un Dexalergin y un ramo de flores. Hubiera sido cualquiera.

viernes, noviembre 20, 2009

Revelación Musical

Hace unas semanas tuve otra de mis revelaciones musicales. Simplemente suceden, sin previo aviso, no es que pueda elegir el momento y lugar en el que voy a iluminarme. Esta vez tenía que presentarle una campaña a un cliente. Era el relanzamiento de un producto o algo así. No puedo ser muy específico, pero es lo típico que hacemos cuando un producto fracasa y nadie se explica por qué. Lo relanzamos. Nosotros decimos que es la fórmula, o el precio, o la distribución. Ellos dicen que es la comunicación. La verdad es que nadie sabe quién fue el culpable, como cuando te pegan de atrás, todo el que haya atravesado la edad del pavo entenderá esta analogía. Entonces, retomando, volvemos a lanzar el producto con otro titular y esperamos a ver qué pasa. Este experimento puede costar alrededor de dos millones de pesos, a veces más, a veces menos. Pienso que quizá sea que a nadie le importe un nuevo detergente, un nuevo fernet o un nuevo pegamento para dentaduras postizas. A veces creo que es eso: que a nadie le importa. Que ya tienen sus productos, que están bien así. Pero a veces creo que no, que no puede ser eso. No creo que el común de la gente tenga cosas mejores en que ocupar su vida.

Hagamos la prueba. Aquí. Ahora. Ya mismo. Díganme algo más interesante que un nuevo desodorante, que un nuevo celular, que un nuevo auto compacto que nadie puede comprar.

¿Y?

¿Y?

¿Lo ven?

Por eso todavía aguanto esto. Por eso y porque a veces nos dan vales para comer sushi gratis, y cuando te acostumbrás a consumir algo gratis es muy dificil volver atrás. Nos tienen presos con unos vales. Tengo ganas de llamarme a silencio. La cuestión es que me apersoné en las oficinas del cliente, estreché la mano de un montón de tipos con traje y entré con ellos a una sala de reuniones. De esas salas de reuniones llenas de dicroicas, si entienden a lo que me refiero. Dicroicas, vuelvo sobre el tema, a las que no se les escapa detalle. Dicroicas que propician el estado de iluminación.

He visto de todo en esas salas. He visto frustración. He visto el fracaso de la coenzima Q10. He visto mucha seborrea. He visto cosas escalofriantes, cosas que hubiera preferido no ver. Por eso fijé la vista en un espacio neutral y empecé a contar la campaña. La idea creativa. La estrategia. La activación. Y he aquí el quid de la cuestión, esto es lo que importa, lo demás era innecesario. Siempre que voy a presentar una campaña cumplo un ritual estricto: bajo ningún aspecto, y lo recalco, "bajo ningún aspecto" permito que mi remera tenga más onda que la idea que estoy por presentar. No lo permito. Porque no. Porque está mal. Como la gente muy fea con celulares muy lindos. Está mal, no queda bien. Porque si fracasé en el propósito de ser un creativo genial, no voy a vestirme como tal. Un código que, en líneas generales, este gremio no comparte.

Pero ese día la idea era tan buena que me permití elegir la remera. Ese día no sería la remera lisa azul de cuello redondo. Ni la chomba gris con rayas horizontales (que es la indicada para presentar esas ideas que son un horror). La idea era tan buena, tan subliminal, tan pegadiza, la idea tenía tanta onda, que me puse una remera con un estampado lleno de rockeros muertos.

Llegamos al punto.

Jimi Hendrix, Jim Morrison, Kurt Cobain, Mick Jagger y otros dos. Era un collage muy bien hecho. Si una remera con un muerto tiene onda, imagínense una con 6 rockeros muertos. Y mientras contaba mi idea y trataba de contagiarle entusiasmo al cliente, el tipo de entusiasmo que hace que uno compre sin mediar palabra, miré el estampado y me di cuenta de algo obvio. Algo que nunca había notado. La música, el enorme universo musical, al ser llevado a un estadio, muta en alguna de estas 3 categorías:

1) Recitales para ir a apoyar minitas: son los artistas que gustan tanto a hombres como a mujeres. Que tiran un solo de guitarra o batería para llenarnos de testosterona y después tiran una balada para ablandar a las cerdas y que se dejen apoyar. Emblemas de esta categoría son Aerosmith y Bon Jovi.

2) Recitales para luchar por tu vida: a estos recitales sólo van hombres. Son antros del sudor y las remeras negras. Prodigiosas congregaciones de melenudos y tatuados. El lugar donde los hombres van a desplegar su supremacía física frente a otros hombres, más pequeños e indefensos. Son, básicamente, recitales para apoyar tipos. Ejemplos emblemáticos son AC/DC y Metallica.

3) Recitales para tirarte al fondo a hablar con tus amigos: nadie se explica por qué la gente va a escuchar estas mierdas. No calientan. No ablandan. No te hacen mover. Sin embargo son un excelente acompañamiento, son los recitales ideales para ir al fondo del estadio y tirarse a hablar con un amigo, a veces, comentando lo groso que es el artista, aunque si eso fuera cierto estarían escuchándolo. Ejemplos emblemáticos son Coldplay y Radiohead. Quisiera nombrar también a Kevin Johansen, pero es tan choto que hasta creo que le hice un favor.

Y después hay algunas bandas que son una fusión de dos categorías. Por ejemplo, para apoyar minitas y para luchar por tu vida. Eso es todo lo que tengo para decir al respecto. La campaña mucho no gustó, voy a tratar de aplicar la misma idea en algún otro producto.

lunes, noviembre 09, 2009

Japonés made in China

En el primer año de la licenciatura en publicidad conocí a Ukyo. Y Ukyo, era japonés. Podía haber sido chino o coreano y nadie se hubiera enterado, pero él se asumió como japonés y yo no tenía razones para no creerle. Un día el profesor de Sociología I preguntó a Ukyo su origen, su nacionalidad. Entiendo que él tampoco podía diferenciar entre las diferentes tipologías orientales, tan buen profesor de sociología no debía ser. Esto fue momentos antes de empezar a hablar de los Otakus, del Seppuku, del Harakiri o de alguna de esas manías típicas de los nipones, como suicidarse por honor o morir por trabajar 96 horas seguidas. Ukyo contó que su familia había venido de Kyoto, esto es Japón, pero a diferencia de otros productos llegados de la tierra del Sol Naciente, como el Walkman o la Nintendo, Ukyo no llevaba impreso el “Made In Japan” por ningún lado. Su origen era más un acto de fe que otra cosa. Él dijo que era japonés y yo no tenía razones para no creerle.

Ignacio, fanático de las teorías conspirativas y obsesionado por las conjeturas más raciales más descabelladas, estaba seguro de que Ukyo era chino. Me lo confesó apenas nos conocimos. Existe una posibilidad, remota pero posibilidad al fin, de que sólo nos hayamos conocido porque necesitaba cotejar con alguien sus hipótesis sobre el presunto japonés.

- "No creo que aquel chino sea japonés", me dijo, señalándo al oriental con una levantadita de mentón.
- "¿Ukyo?", pregunté, tontamente, como si hubiera otro oriental en el salón.
- "Sí, ese…".
- "¿Y qué va a ganar mintiendo?" dije, quizá tratando de serenarlo, quizá echando más leña al fuego, las 2 son actitudes muy mías.
- "Eso no lo sé, pero los japoneses son… distintos", dijo Ignacio, a lo mejor sin argumentos.
- "Puede ser", dije yo, e inmediatamente sentí esa necesidad, también mía, de argumentar todo, aunque sea con razonamientos tirados de los pelos. -"Creo que los japoneses se peinan distinto".
- "¡Eso es!", asintió Ignacio, "le falta onda para ser japonés, los japoneses se tiñen mechones, manejan motos de carrera, dirigen mafias, este es un cantonés simplón que nos está jodiendo a todos, es un chino acomplejado".

Creí que el tema había quedado ahí, que todo había sido una rabieta con el oriental, pero a los pocos días, en otra clase, posiblemente haya sido Teología o Historia de la Cultura, Ignacio verificó que nadie nos escuche y por lo bajo me confesó que, esta vez, había estudiado los movimientos del oriental.

- "No importa lo que diga ese amarillo" -y aquí hizo una pausa, la pausa previa a una verdad que está por revelarse, "lo que importa es lo que no dice. ¡Los actos! ¡Cómo actúa el oriental!"
- "De verdad no sé de qué mierda me estás hablando".

Y francamente no lo sabía, pero su locura, la locura de Ignacio, de eso estamos hablando, era mucho más divertida que la predecible cordura del resto. No entenderlo, de ninguna manera implicaba querer desentenderse. Y menos aún, hasta no llegar a la verdad de todo esto.

- "Me refiero a los gestos del oriental, al lenguaje de su cuerpo amarillo. Lo estuve mirando, detenidamente, dos días enteros", dijo Ignacio, mirándome fijo.
- "¿Y qué descubriste?", pregunté perplejo.
- "Que este amarillo no sabe karate".

Aparentemente, y esto es opinión de Ignacio, los movimientos de Ukyo no tenían ni la prontitud ni la precisión de un artista marcial y, si de verdad hubiera sido japonés, o incluso chino, tendría que haber sido un experto karateka. Según Ignacio, claro.

- "Estuve mirando al oriental y estoy segurísimo de que no sabe karate. No es ni chino ni japonés, ni supermercadito ni tintorería. Ese amarillo farsante es coreano. Co-rea-no", sentenció, orgulloso de su veredicto.
- "No entiendo la relación".
- "En China y en Japón el karate es como una materia obligatoria, en Corea no lo es".
- "¿De dónde sacaste eso?"
- "Lo escuché por ahí".

- "No podés decir que no sabe karate sólo basándote en la forma en que agarra la birome", sugerí, ya empachado de delirio.
- "Y en la forma de caminar, y en cómo da vuelta la cabeza cuando alguien lo llama. Es tosco, no tiene gracia, es como cualquiera de nosotros".
- "Vayamos a preguntarle en el recreo si sabe karate".
- "Vayamos, voy a estudiar lo que diga... con su cuerpo".

Y en el recreo nos acercamos a Ukyo. No voy a mentirles, estaba muy nervioso. Un acercamiento fortuito es algo trivial, algo que puede sucederte todos los días. Pero cuando lo tenés planificado, cuando lo estás forzando, deja de serlo. Llevábamos días elucubrando las hipótesis más intrincadas sobre el origen del oriental y estábamos a punto de llegar a la verdad, pero antes debíamos formular una pregunta. Necesitábamos saber si Ukyo rompía tablas, si dominaba el nunchaku, si echaba patadas voladoras. Si nos podía cagar a trompadas, a los 2 juntos, sin titubear, ahí mismo. Si era una máquina de matar, amarilla, esperando el momento preciso para embriagarse de sangre. Tomé la posta y le pregunté, de alguna manera, y con todas mis limitaciones, supuse que mis habilidades sociales eran mejores que las de Ignacio.

- "Che, qué buena onda todo eso de Japón" (aparentemente, romper el hielo con orientales, plantea dificultades comparables a encarar a una mina que no conocés) "¿Y... sabés algún arte marcial?"
- "No".
- "¿No sabés karate?", preguntó Ignacio, claramente entusiasmado.
- "No", contestó el oriental.
- "Pero… sos japonés. ¿Cómo no vas a saber karate o tae-kwon-do o yudo o… algo?", preguntó Ignacio, ahora indignado.
- "Sé tocar la guitarra", dijo el oriental, y yo no entendí la relación entre una cosa y la otra.
- "¿La eléctrica o la criolla?", preguntó Ignacio, que había tenido una banda de Death Metal y se consideraba mejor que cualquier guitarrista argentino, excluyendo a Walter Giardino.
- "La criolla, toco folklore japonés".

Las cartas estaban echadas. Ignacio se relamía. Creyó que había acorralado al coreano en su propia mentira.

- "Me encantaría escuchar tu folklore japonés", solicitó Ignacio.
- "Será un honor", contestó Ukyo, y fijó la fecha de su recital, "la semana que viene traigo la guitarra".

Durante una semana entera, Ignacio estudió absolutamente todo sobre el folklore japonés. Todas las noches, al llegar a su casa, bajaba canciones en su computadora. Estudió la fonética, las melodías, la métrica, creo que los arpegios también, pero no podría asegurarlo porque no entiendo la jerga musical. También estudió los folklores chinos y coreanos, claro, para comparar. Todas las noches, al llegar a su casa, se tiraba sobre un sillón y escuchaba esas melodías. Horas y horas de folklore japonés.

La semana siguiente el oriental trajo su guitarra para deleitarnos con su arte. Esperamos, expectantes, el recreo. Entonces Ukyo sacó su guitarra, se sentó, ubicó el instrumento sobre su pierna derecha, inclinó la cabeza y su flequillo negro y tupido flameó unos instantes al viento, como en el animé. Acarició las cuerdas por primera vez, como cualquiera puede hacerlo, incluso un occidental. Y entonces empezó a tocar y, mucho más importante, a cantar:

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La situación era demencial. Más de veinte personas, encerradas en un aula, escuchando a un oriental tocar la guitarra. Desconociendo la finalidad científica de toda esta situación. Algunos se miraban entre ellos, incómodos, conteniendo la risa, dando cuenta de lo bizarro de esta situación. Ukyo estaba poseído por la música, sólo eran él y su guitarra. Ponía caras, esas caras deformes que ponen los cantantes en la sala de grabación, cuando nadie los ve, para entonar mejor. Esas caras que jamás llegan al videoclip. Afinaba bien, quizá hasta tenía un don. No lo sé. Definitivamente no era malo. Entonces vi a Ignacio retroceder unos pasos, bajar la mirada y dejar caer sus brazos, abatido, rendido. Me acerqué. Esperé su conclusión. Con un hilo de voz le escuché decir:

- "Este amarillo hijo de puta era japonés al final".

Elbenito

Creo que heredó el gen de la maldad. No el de la calvicie.

viernes, octubre 23, 2009

Volvió 100% Lucha

Después de unas largas pero merecidísimas vacaciones vuelve 100% Lucha a la pantalla de Telefe. Y en esta nueva edición del mejor espectáculo de lucha profesional del Universo nos encontraremos con tres nuevos retadores:
  • El cubano Ricky Dragone, de físico excepcional y técnica depurada.
  • El primo de Viloni, que se rehusó a revelar su nombre.
  • Y Mugre, "un gigante barbado y pelilargo de la Provincia de Corrientes" (sic).

Con la conducción de Leo Montero y los relatos de Príncipi y Husni, 100% Lucha vuelve el 1° de noviembre a las 11 horas por la pantalla de Telefe. No te lo pierdas.

Niño, si tienes entre 8 y 14 años y llegaste hasta acá buscando información sobre 100% Lucha y tus luchadores preferidos, es el momento de que dejes esas boberías de lado y empieces a hacerte hombre de una puta vez. Te sugiero que leas el caso que este lector me plantea a continuación.

De: xxxxxxx
Enviado: Martes, 20 de octubre de 2009 11:03:18 p.m.
Para:
srmauro78@hotmail.com

Hola. Leo tu blog hace un año y quiero que me ayudes con un tema. Tengo 14 años y me gusta mucho una piba que va conmigo al colegio. La encaré el mes pasado y me cortó el rostro, me dijo que no quería una relación. Una semana después me la comí en un boliche y a las 2 semanas me la comí otra vez, pero esta vez tuve que remarla bastante. Me dijo que mejor seamos amigos y que viéramos. Pero el sábado me comí otra piba para ver cómo reaccionaba y según su mejor amiga se puso re celosa. Después hablamos por MSN y me dijo que me quiere como amigo. Yo le dije que iba a tratar de olvidarme de ella pero que me iba a costar. ¿Qué hago?

Respuesta:

Su último movimiento encuadra perfectamente en lo que hemos dado en llamar el
Síndrome de Kótov. Este fenómeno, descripto por primera vez por el gran maestro ruso de ajedrez, Alexander Kótov, es muy común en ese deporte y en el terreno de la conquista. Sucede cuando un hombre busca la mejor solución posible a una situación complicada y, a último momento, obligado a hacer una jugada, realiza un movimiento que no ha analizado y que le hace perder la partida.

Que lo haya visto comiéndose a otra cerda fue una gran pelotudez, pero decirle que "va a tratar de olvidarse de ella" fue la nave nodriza de las pelotudeces.

Hágame el favor y no sea tan faldero. A las mujeres no les gustan los hombres regalados. A las mujeres les gustan los amores imposibles. Todas se enamoran del cuarentón canoso que se sienta al lado de ellas en un avión a Brasil, del profesor casado y con tres hijos, o del amigo que se volvió cura, castratto y Monje Shaolin. Nunca, pero nunca se regale.

El desafío ahora es hacer que parezca que esta ruptura fue su voluntad.
  • Me estoy yendo a vivir a Nueva Zelanda. Es el único lugar donde las operaciones para achicarme la nutria son 100% seguras.
  • Tenés razón. Además vengo de una experiencia traumática y no estoy listo para estar con nadie. Menos aún después de ver las várices que tiene tu vieja. ¿Eso es hereditario, no?
  • Me había olvidado de contarte que tengo un problema con la bebida y me da miedo de hacerte daño. Sobre todo cuando se vaya el efecto del alcohol y te vea bien.
  • No sé quién te vino a buchonear que la chota del video de Wanda Nara era la mía, pero eso fue antes de conocerte.
Si todo sale bien, en pocos días ellas volverá a interesarse en Usted.

Atte. Mauro.

lunes, octubre 19, 2009

Kermese de blogs

El miércoles que viene voy a pegarme una vuelta por la tercera Kermese de Blogs del Capitán Intriga. Y sin colarme.

Miércoles, 19 hs. en el Rojas, Corrientes 2038. Los espero ahí.

jueves, octubre 15, 2009

Manual del eventero cool

La primera vez que me colé en un evento cool fue en el 2003. Volvía de cenar con 2 amigos en una fonda económica de zona norte cuando, al pasar por una concesionaria de Mini Cooper, nos encontramos una fiesta llena de ricos, famosos y propietarios de Mini Cooper.

Con mucho cuidado escondimos mi Volkswagen 96 dónde nadie pudiera verlo y caminamos hasta las inmediaciones del lugar. Digamos las cosas como son: nuestra única motivación era ver de cerca a alguna vedette, no nos olvidemos que ya habíamos comido apenas minutos antes y al Mini Cooper ya lo teníamos visto. En mi opinión, el más lindo era el gris con techo blanco, pero también me gustaba en azul. Un poco menos, el azul se raya mucho.

Ni bien nos asomamos al cristal se desvanecieron nuestras esperanzas de ver en vivo a Karina Jelinek, Silvina Luna o Pamela David. Quizá hubiéramos estado tan cerca de ellas que hasta podríamos inhalar el dióxido de carbono de sus exhalaciones. Quizá hasta hubiéramos podido sentarnos en un sillón previamente templado por las posaderas de esas mujeres. Aún tibio. Pero no. No iba a pasar. Había alguna que otra modelo, es cierto, pero ninguna superaba los 86 centímetros de cadera. No tardé mucho en decretar que no había nadie relevante. Sólo gente cool.

En la puerta, un RRPP confirmaba los nombres de los invitados y les daba la bienvenida a la fiesta. Esperamos, estoicos, su primera distracción, y entonces atravesamos ese umbral que nos separaba de la gente cool. Por un momento, sólo por un momento, abandonamos el mundo de los grasas para sumergirnos en una atmósfera de pertenencia y sofisticación. Todo era música chill out, finger foods, tragos de autor y muchas sociales. No fue lo mejor que me había pasado en la vida (quizá lo hubiera sido si hubiera estado con el estómago vacío), pero definitivamente no estaba nada mal.

Así que ahí va. Si usted quiere dejar su trabajo de oficinista frustrado y vivir de parranda, comiendo y tomando gratis en los mejores eventos de Buenos Aires, esto es lo que tiene que hacer. Esto es lo que hace un eventero cool:

1) Siembre dudas sobre su sexualidad.

Los grasitas tienen una sexualidad absolutamente lineal. Si usted está decidido a convertirse en una presencia cotizada en el calendario de lanzamientos y fechas especiales de las marcas, su orientación sexual tiene que ser un gran misterio. Si le gustan las mujeres, parezca puto. Y si le gustan los hombres, cómase una mina cada tanto para despistar a la audiencia.

Ejemplos: Mike Amigorena. Juan Cruz Bordeau. Gaby Álvarez. Alan Faena.

Corolario: Se aprecia como un gesto integrador invitar a un (1) homosexual confirmado por evento. Entre ellos, destaca Ronnie Arias como uno de los mejor vistos.

2) Sea el “hijo de” pero sin onda.

Los grasitas creen que valerse por uno mismo es la gran cosa. Y nada que ver. Si usted quiere pertener a esta selecta casta de eventeros, debe crecer entre lujos y asimilar la fama como algo natural. Por eso, si usted es un donadie, procure que su padre no lo sea.

Ejemplos: el hijo de Casero. El hijo de Charly. El nieto de Mirtha Legrand.

3) ¡Ya mismo! ¡Deje de comer!

Lo que los grasitas definen como peso saludable, la gente cool lo llama "obesidad". Entre la gente cool no hay gordos (sólo el hijo de Casero, porque un solo gordo es un gesto de tolerancia, más aún si es joven y sus chances de rehabilitación son mayores). Además, desde que FTV filma los eventos y se popularizaron las pantallas de plasma que deforman la imagen, nadie puede pesar más de 55 kilos. ¿Acaso nadie se vio en una pantalla de plasma? Yo sí. Y corrí al baño a clavarme los dedos en la garganta.

Ejemplos: Humberto Tortonese. Chechu Bonelli. Florencia Raggi.

Mención especial para Matías Camisani, Gaby Alvarez y todos los hombres cool que, aparte de lucir un aspecto famélico, en el verano se animan a reemplazar la bermuda por la calcita, y sin bultear previamente.

4) Báñese lo menos posible

En ciertos ámbitos la higiene personal está muy subestimada. El ambiente cool hace del aseo una ocasión especial, no dude en imitarlos.

Ejemplos: Sofía Gala. Nahuel Mutti. Fabio Posca. Iván Noble.

5) Alcance sus 5 minutos de fama en el 98 y no trabaje nunca más.

Si los productores de televisión le dieron la espalda, todavía quedan los eventos. El único requisito es soportar los sets de Catarina Spinetta, los enganches de Zeta Bosio y los falsetes de Deborah de Corral.

Ejemplos: Nahuel Mutti. Alejo Ortiz. Juan Ponce de León. Virginia Da Cunha.

6) Póngase un apodo copado y use ropa de A.Y Not Dead.

Hasta hace unos años la gente grasa y fea debía permanecer oculta en las sombras. Sus oficios eran la conducción radial, la atención telefónica y la literatura. Hoy la gente fea puede posar para los flashes y lucrar con su imagen. Y está bien que así sea, no toda la gente puede ser Ale Lacroix. El tipo tiene un buen nombre, una buena percha, una correcta dentición, es lógico que lo inviten a los mejores eventos. Pero si usted nació feo y desgraciado, no se resigne, para usted están los apodos con onda y las pilchas de A.Y. Not Dead. Sombreros de cowboy, chaquetitas de cuero y Toppers de lona también son bienvenidas. Al calzarse esas prendas, la gran mayoría de los grasitas se ven como mandriles del lumpen más miserable. Sin embargo, una selecta minoría, logra con estos harapos activar un gen cool recesivo que engañará a propios y extraños. Combínelo con un apodo con onda y en 2 meses estará en la D´Mode rodeado de eventeros con pedigree auténtico.

Ejemplos: Juan “Conejo” Gutierrez. Romina “Mina” Álvarez. Lucrecia “Lulu” Gómez.

... Continuará en los comentarios.

lunes, octubre 05, 2009

Ola

Hoy a las 7 de la tarde, en el subte, recibí un SMS bastante escueto del 15636421xx. Un mensaje simple, directo, contundente.

- ola.

"Ola" puso. Quizá sea economía de recursos. Quizá exista gente que desconoce las formas más básicas de la comunicación escrita. Como sea, mi predisposición ya distaba, por mucho, de ser la mejor. Respondo:

- Quién sos?

Básico, concreto, sin vueltas. Era lo único que necesitaba saber para tratar de remontar un intercambio que nació tullido. ¿Y qué me responde este imbécil?

- Un amigo.

Después de toparme con tamaño pelotudo enigmático opté por llamarme a silencio, pero a los 15 minutos, este energúmeno malacido arremetió con su habitual locuacidad.

- ola

Tuve un deja vu. Miré el mensaje 2 minutos enteros. Traté de descubrir un anagrama, un código cifrado, algo. Miraba el mensaje tratando de entenderlo, con recelo, procurando que nadie en el vagón lo viera, ahí, impreso en mi celular, denigrándome, volviéndome el depositario de todos los prejuicios de la otra gente, quizá tan prejuiciosa como yo. Hubiera muerto de la vergüenza. Guardé el celular sabiéndome a salvo. Nadie más había leído lo que yo leí.

Y entonces recibí un nuevo mensaje. Vacío. Sin texto, sin sentido, sin nada. Vacío, y yo, lleno de ira contenida, intuyendo que me iba a agotar el último tercio de batería o, mucho peor, que iba a interrumpirme la sentencia de Bailando por un Sueño con sus sintéticos mensajes colmados de brutalidad, con su desesperación concentrada, con la nada misma. Traté de aplacarme, de mitigar mi trastorno de ansiedad generalizada y de racionalizar todo el odio contenido que este hominidio me generaba. Sólo "Ola" decía el muy hijo de puta. Pero no me dio tiempo. Al instante me volvió a sofocar con su torpeza asfixiante.

- ola eres abomi

"Eres". "Abomi". Quizá sea la forma cariñosa de llamar a algo abominable. Pero no creo. Los diminutivos cariñosos suelen ser bisílavos. Y acá el apócope no aplicaba. Igual no me importaba saberlo, ya me había bajado del subte y sólo quería llegar a casa, quitarme todos los olores ajenos, y volver a disponer de mi celular en paz. Entonces supe que debía contestarle. Un mensaje claro y gentil debía ser suficiente.

- Mirá, te dieron el número equivocado. De verdad te digo. Suerte.

Ni lerdo ni perezoso, a los 3 minutos, con sus dedos morcilla, llenos de dureza percudida, me vuelve a acosar con sus miserias de amor no correspondido que no quiere entender la contundencia de los hechos:

- te vi en liniers y me gustaste no se como te llamas pero aberige (estimo que es "averigüé") tu numero y no tu nombre.

Sentí un poco de pena por él. Todos hicimos alguna boludez por amor. Además hacía mucho que no rechazaba a nadie. Y menos por celular. Alguien debería hacer algo por un pobre hombre que sufre por amor y que necesita como 10 mensajes para hacerse entender. Es todo muy injusto a veces. Me dispuse a explicarle la situación con toda la paciencia del mundo:

- Mirá, la última vez que estuve en Liniers fue para ver campeón al Velez de Bianchi en el 96 per...

Pero antes de terminar el mensaje, sonó el teléfono. Era él.

- Hola (cuando escuché su voz supe que la situación podía empeorar).
- Hola, te estaba explicando que te dieron mal el número y...
- Hola (repitió él).
- Hola, te decía que te dieron mal el número y...
- Hola.

Insiste e insiste. El "Hola" que él dice no es el "¿Hola?" que la gente normal usa tratando de confirmar la presencia de un interlocutor al otro lado. No era el "¿Hola?" que uno dice, sordo y aturdido, en el bullicio de una estación de tren. Él asevera, como si su "Hola" fuese autosuficiente. Un sujeto, un verbo, un predicado, un sentido. Todo resumido en su "Hola", que opté por imaginar con H. Y sin embargo me costaba entender qué esperaba como respuesta.

- Te decía que tenés mal el número. No soy quién buscás.
- ¿Y quién eres? (me increpa).
- No importa quién soy, pero no soy quién estás buscando.
- Pásame con la mujer que busco.
- ¿Vos sos pelotudo?

Ante su insistencia me saqué, como me saco cada vez que no logro hacerme entender, más por frustración que por falta de paciencia.

- ¡Pásame con la mujer que busco! ¡Y devuélvele su celular!

Este hombre estaba tan seguro de lo que decía que, por un instante, me hizo dudar. Traté de hacer memoria. El celular lo había comprado hacía 2 años en las oficinas de Movistar, en la intersección de Corrientes y una de esas callecitas llenas de oficinistas, motochorros y bares con sandwiches expuestos en vidrieras y abrillantados con Blem. Lo recordé claramente, incluso creo que vi la caja y el manual, en un cajón, hace poco. Estaba totalmente seguro que no le había robado el celular a nadie. Estuve una vez en una de esas galerías turbias que venden celulares robados, sí, es cierto, pero no había comprado nada.

- Sos un pelotudo. No me llames más por favor, te dieron mal el número. Entendelo de una buena vez, monstruo barbárico con dedos de mandril.
- Pelotudo eres vos...

Colgué. No tolero a la gente que te devuelve el mismo insulto que recibe. Los regalos y los insultos no se devuelven. Se los evalúa, se los cotiza, y entonces se devuelve uno de igual o mayor valor. Pero nunca el mismo. A los 5 minutos me llama de nuevo.

- Hola...
- Te dije 5 veces que te dieron mal el número. Por favor -supliqué- dejame en paz.
- Pásame con la dueña del teléfono.
- ¡Soy el jodido dueño del teléfono!
- ¿Y cómo te llamas?
- ¿Y qué mierda te importa?
- ¡Y cómo sé que no me mientes!

Sinceramente no entiendo el correlato entre veracidad y denominación, pero decido cooperar con el instigador.

- Ok. Fernando, me llamo Fernando.
- ¿Y tu mujer?
- ¿Qué mujer?
- ¿Sales con alguien?
- Sí.
- ¿Cuál es su nombre?

Tardé un poco más de un segundo en elegir un nombre de fantasía. Cuando te agarran desprevenido, mentir es mucho más difícil de lo que a simple a vista pudiera parecer.

- ... Luciana.
- ¿Luciana cuánto?
- Salazar -dije, sin titubear, socorrido por esos misterios de la libre asociación y el inconciente-.
- ¿Y cómo es?
- Rubia, bajita, anda seguido por Liniers pero no creo que sea la mujer que estás buscando
- Ah... bueno, te pido disculpas. No es quien yo busco.
- Está bien.
- Te pido disculpas, en serio...
- Está bien, no es nada.
- Me han dado mal el teléfono, discúlpame.
- No es problema, en serio.
- Es que busco a otra mujer...
- No, está bien, claro, puede pasar, sólo fue un mal entendido.
- Disculpame, estaba seguro que era este número y...
- Y no, no lo es.
- Bueno, perdona (así, sin acento), hasta luego.
- Está todo bien, suerte, ojalá la encuentres.

Y ahí está, suelto y desconsolado. Un hombre que renuncia a la Salazar por una mujer como cualquier otra. Y no tiene mercado. El mundo está todo mal. Todo mal.

miércoles, septiembre 23, 2009

Los artistas del garabato

A mí “toda esa cuestión” del graffiti nunca me había molestado. Pensaba que era una práctica inofensiva. Pensaba que un monigote que compraba un aerosol, y cubría su cuota de rebeldía garabateando una pared, no le hacía mal a nadie. Pensaba que incluso podía servir para mantener a estos delincuentes juveniles alejados de otros delitos mayores. Y, si lo veíamos así, hasta pensaba que cumplía una función pedagógica y socialmente integradora.

Pero de un día para el otro, estos aprendices de malvivientes se proclamaron hijos directos de Andy Warhol y nadie se la vio venir. Porque ya no hay más monigotes pintando paredes: ahora son “artistas urbanos”. Y ya no hay más garabatos pintados en las fachadas de los edificios: ahora hay “críticas despiadadas a la sociedad de consumo”, “invitaciones a la lucha social cifradas estéticas figurativas” o “contenidos abstractos que apelan a la reflexión y la ironía”.

Y si no me creen, miren lo que afirma de su obra este delirante que inhaló todos los vapores tóxicos de la pintura en aerosol:

Siempre trato de balancear la crítica social con el equilibrio estético, moviéndome entre las influencias de John Cage (“el lobo no critica a la oveja, el lobo se come a la oveja”) y Levi Strauss (“¿por qué la belleza no puede además ser un llamado a la acción?”). Por eso todo mi trabajo está basado en ocurrencias diarias tendientes a materializar una fusión de mi propia individualidad con un mensaje de índole política.

Este tipo está pidiendo a gritos que alguien lo desfigure bien a trompadas. Habla de influencias, habla de balancear el componente estético con el mensaje político ¡y después se despacha con esta mierda de dibujo! Por el amor de Dios, eso ni siquiera tiene sentido.

Artistas eran los de antes. Los que retrataban a reyes y aristócratas en un lienzo. Los que creaban obras monumentales, que eran el orgullo de civilizaciones enteras. Los que fundaban una vanguardia… o los que se cortaban una oreja. Pero desde que la marica de Andy Warhol se puso a dibujar latas de tomates, el arte pasó a ser patrimonio de cualquier pelagatos capaz de colorear un papel, calzarse una gorrita con onda y comprarse una Macbook blanca financiada en 48 cuotas.

Y yo estoy muy harto. Harto de que estos fantoches me quieran convencer de que un papel con una figurita de los Super Amigos, una postal de Mar del Tuyú y un ticket del Coto pegado con Voligoma se haya convertido, de golpe y “porrazo” en una composición artística. Harto de que todos quieran ser Marta Minujin. Harto de que hablen de críticas sociales donde yo sólo veo un dibujito infantiloide. Harto de los muebles, la ropa, las revistas y los accesorios de diseñador. Y harto de los ilustradores afirmando, sin vacilar, que desde su más temprana infancia están obsesionados con la génesis y temperatura del color. Basta de las mentiras de los muralistas y los stencils. Basta de asumirse, orgullosos, como autodidactas, como si dibujar una pared tuviera la misma complejidad que una cirugía coronaria. Asuman de una buena vez que lo que hacen estuvo bien hasta los 4 años, y que si sus padres no les compraron las Plastipinturitas en su momento, hoy hay que superarlo. Que alguien los obligue a buscarse un trabajo digno. Que Duhalde tape los graffitis con afiches políticos. Que prohiban la venta de aerosoles. Lo que sea, pero que alguien le ponga fin a esta mentira.

domingo, septiembre 13, 2009

Extra, extra: esta moda del Stand Up me está hinchando un poco las bolas

Las mujeres no son tan brujas como los hombres las pintamos. De verdad lo digo. Lo que pasa es que a veces son la excusa perfecta para zafar de los planes de gente que, poco a poco, fue perdiendo todos los criterios de pertinencia.

La semana pasada un amigo me llamó para invitarme a un espectáculo de Stand Up e instantáneamente decidí que era preferible volver a quedar como un dominado y/o pollerudo que padecer esa mierda de plan para mi sábado a la noche.

Mauro: Mirá… no creo que mi mujer me deje...
Hinchapelotas: Vas a ver que te va a dejar… pasame con ella que yo le digo.
Mauro: No. No creo.
Hinchapelotas: ¡Pero dale!
(insistió) - Vas a ver que te va a dejar.

A veces me pregunto qué excusas expondrán los solteros cuando les proponen planes de esta calaña. Es como si cerrara los ojos y pudiera escucharlo, en este preciso instante, debatiendo trivialidades en un bar de San Telmo, cerveza caliente de por medio. Rodeado de gente rara (altísima densidad de tipos con el pelo largo atado), mucha jarra de cerveza (posiblemente rellenada con sobras de otras jarras… si es que alguna vez alguien dejó cerveza en esos bares) y mucha militancia en partidos minoritarios (todos socialistas, obviamente). Yo las llamo "las tienditas del horror".

Retomando, en un momento de la charla temí que su insistencia desbarate mi coartada, así que traté de encontrar un argumento más sólido que me permita pasar el sábado como se debe: en la cama mirando televisión.

Mauro: ¿Pero qué es toda esa mierda del Stand Up que está tan de moda?
Hinchapelotas: Es un hombre en un escenario haciendo un monólogo.
Mauro: ¿Y qué más?
Hinchapelotas: Nada más. Es humor inteligente.

Toda esa intelectualidad de pacotilla me rompe soberanamente las pelotas. “Es humor inteligente” dijo este boludo mientras se subía a otra moda pasajera. No podía pensar en otra cosa que no sea romperle la cabeza con un cigüeñal de Falcon Futura con techo vinílico.

Mauro: ¿No hay vedettes, ni escenografía, ni nada de eso?
Hinchapelotas: Esto no es Sofovich...
Mauro: Ya veo que no.
Hinchapelotas: Es sólo un hombre con un micrófono, la escenografía no es importante, lo importante es lo que dice.
Mauro: Entonces hagamos esto: yo te doy el valor de la entrada y vos le decís al tipo este que lo vengo siguiendo hace años pero que ahora estoy postrado a una cama y no puedo ir. Que me mande el guión del monólogo al mail. Total lo importante es lo que dice.
Hinchapelotas: ¿Pero cómo le voy a decir eso?
Mauro: Inventá que choqué a 300 con un Fórmula 3 y quedé tullido. No sé. Algo creíble.

Hinchapelotas: Ufff...
Mauro: Nadie mira la Fórmula 3, quedate tranquilo. Nunca se va a enterar.
Hinchapelotas: Qué pelotudeces que decís a veces.
Mauro: Si no tiene escenografía, ni vedettes, ni elenco, es mejor por escrito… ¿Qué sentido tiene encerrarse en un sótano con olor a pie de Taekwondista veraniego para ver a un tipo hablando con un micrófono? Decile que me mande el guión así me río mientras la enfermera me pone el papagallo.
Hinchapelotas: A veces pudrís Mauro.
Mauro: Y sí.

Al final me salí con la mía y me quedé en casa mirando tele.

Mi hipótesis es que el monólogo no es lo gracioso del Stand Up. Lo gracioso del Stand Up es ver a un tipo haciendo catarsis. Como cuando te topás con un loco que habla solo en Florida o Lavalle. Es lo mismo, la diferencia es que acá podés reírte del loco con la seguridad de que no va a llegar ningún defensor de los Derechos Humanos a hincharte las pelotas.

Fíjense que al final de cada gag siempre ponen cara de locos. Esa morisqueta es la clave de todo.

¿Qué hubiera sido de la carrera de Seinfeld, Jim Carrey o Chris Rock sin esa asombrosa capacidad para abrir sus párpados mucho más allá de los límites de sus iris? Esa es la parte más graciosa del show: la parte en que ponen abren mucho los ojos. Por eso les voy a ofrecer 3 ejemplos apelando a los temas más recurrentes del Stand Up: los equívocos y contradicciones, la cotidianeidad y la guerra de los sexos.

1) Equívocos y Contradicciones

Ahora las mujeres piensan que si no tomás Activia no cagás nunca más ¡Están como locas entrándole al potecito violeta para no llenarse el organismo de mierda! Y la otra es el Actimel que si no lo tomás te llenás de pestes.
¿Se dan cuenta cómo es esto? Si no tomás Activia no cagás. Y si no tomás un Actimel todos los días… ¡Cagaste!

2) Cotidianeidad (acá todos los temas, por ajenos que parezcan, son conectables entre sí).

¿Por qué cuando estamos apurados esperamos el colectivo en el medio de la calle? ¿Arriesgar la vida acelera la llegada del colectivo? ¿Y por qué hay triples de miga y no hay triples de relleno? ¿Quién es el pelotudo que quiere un sándwich con el triple de miga? Debe ser el mismo que cree que el colectivo llega más rápido si lo esperamos en parados en el segundo carril de la avenida!

3) La batalla de los sexos

Viste que tu novia siempre te rompe las pelotas con la pilcha: “que ponete unas zapatillas limpias”, “que esa remera está vieja”, “que tenés que afeitarte y emprolijarte el pelo”…

Y sin embargo Mariano Martínez o Luciano Castro nunca hacen de pediatras o de ingenieros civiles. Los tipos siempre hacen de mecánicos, de carniceros, de cumbieros… ¡y la puta de tu novia muere por ellos! Miralo a Osvaldo Laport. Es más feo que la mierda, pero lo disfrazaron de indio y las minas morían por él. Porque cuánto más negros son ¡más les gustan a ellas! A vos te rompen las pelotas para que estés de punta en blanco ¡y a las minas les gustan los negros! La excepción a la regla es Mike Amigorena. Un amanerado haciendo de puto. O viceversa. Hoy a las minas les gustan los negros y los putos. ¡Qué negras putas que son!

domingo, agosto 30, 2009

El taxista y las pelotillas

Advertencia: este texto puede inducir el vómito.

La semana pasada tenía que hacer una presentación a un anunciante así que me levanté media hora antes para repasar el trabajo. Es curioso: podés trabajar una semana entera en 3 campañas y sólo una hora antes de presentarlas te das cuenta de que hiciste todo mal. La primera propuesta superaba el presupuesto asignado en un 800%, la segunda impugnaba todo el manual de marca y la tercera, que hasta hacía unos instantes me parecía una lejana inspiración, ahora parecía un plagio literal con un ligero retoque cosmético. No sé por qué pero siempre es así. Una hora antes te das cuenta de todo.

Con los nervios propios de la hora fatídica me subí a un taxi, indiqué las coordenadas de destino y seguí repasando mis fotocopias. Tomamos por Libertador y, al pasar por los Parques de Palermo, el taxista aminoró la marcha de su rodado e interrumpió mi lectura con su voz cigarrillera:

- Naaa… no puede ser. Mirá las “cachas” que tiene esta hija de puta…

Ese cerdo detestable venía manejando a paso de hombre atrás de una mujer que corría por el parque. Tenía unas calcitas grises, una musculosa fucsia (creo que así se le llama al rosa gritón) y el pelo recogido. Era una chica apetecible sin ser despampanante, de esas que ameritan desviar la mirada y seguir adelante con nuestras vidas sin mayor indignación. No para más. Con un sector todavía asexuado de alguno de mis lóbulos cerebrales, atiné a cuestionar el momento en que otorgué a este energúmeno la confianza necesaria para hacerme perder la onda verde con la excusa de revelarme sus instintos más básicos. Pero antes de terminar de elaborar la situación, este sujeto me miró de reojo por el espejito y arremetió con todo:

- ¿A vos te gustan las minas, no?

Ya no había vuelta atrás: esa pregunta siempre tiene atisbos de acusación. Así que puse en pausa la elaboración intelectual y contesté sin titubeos, impostando voz grave para que no queden dudas, tipo como la de Cae en “Desierto sin Amor”.

- Sí, sí… más vale…
- Menos mal… a ver si metía la pata…
- No… todo bien.
- Ufff… ¿Vos sabés todo lo que le haría a esa pendeja?

Y seguía, relamiéndose, frente al semáforo que él mismo me había hecho perder. Ya estaba resignado: diez minutos revisando las fotocopias no iban a cambiar nada así que, un poco por compromiso, sentencié:

- Y sí, ni hablar… era una terrible perra.

Los usos y costumbres aseguran que un hombre no debe esquivar una charla chabacana. Supongamos que se encuentran 2 hombres: uno quiere hablar de sentimientos y el otro quiere hablar de culos y tetas. ¿De qué terminan hablando? De culos y tetas. Ahora supongamos que uno quiere hablar de familia, trabajo, política o deporte y que el otro quiere hablar de culos y tetas. ¿De qué terminan hablando? De culos y tetas. Es así y hay que respetarlo. De hecho es uno de los pocos usos y costumbres pensados para hacer la vida más llevadera. Por eso dije “terrible” y por eso dije “perra”. Así, con muchas erres, como quien dice “cerda regalada”. Es impulsivo y visceral, pero las erres le dan cierta elegancia para que la transición no quede muy forzada.

- Seeeeee… (dijo con la boca a un costado, extendiendo el monosílabo hasta límites insospechados)… de ese culo no me sacan ni con orden judicial… le como hasta las pelotillas del orto.

Instintivamente se me fruncieron la frente y el entrecejo, aunque -para ser sincero- no supe específicamente de qué me estaba hablando. ¿Qué eran las pelotillas del orto? ¿Y cómo nadie me había hablado antes de ellas si estaban tan buenas? ¿O serán las hemorroides? No... no puede ser eso. ¿Pero qué otra cosa puede ser? Debe ser una hemorroide. ¿Pero cómo va a saber si la mina tiene o no hemorroides? ¿Y por qué le seguí la corriente a este demente si no había ninguna obligación? No lo sé, pero lo que más intrigaba era saber qué eran esas pelotillas y qué lleva a un hombre a querer ocuparse de ellas, sean lo que sean, teniendo todo el resto de la mujer a su disposición. Porque una mina que te entrega las pelotillas de su orto, seguro que te da lo que le pidas. Al menos eso pensaba yo, que no sabía qué eran estas pelotillas.

Mientras buscaba una respuesta me percaté de que habían pasado como 30 segundos y él no había emitido palabra alguna, así que decidí que la necesidad de retroalimentar el diálogo había prescripto y me llamé a silencio. Por fortuna la música brotaba por los parlantes del auto para disimular la incomunicación que acababa de generarse. Creo que era Led Zeppelin o alguno de esos. Recuerdo que mientras padecía esos acordes demoníacos empecé a teorizar una nueva clasificación musical. Así como las películas deberían dividirse entre “las de tiros” y “todas las demás”, la música debería clasificarse en 2 grandes géneros: “la que te da ganas de garchar” y “la que te quita las ganas de garchar”. Porque Led Zeppelin, Deep Purple, Black Sabbath, y todas esas porquerías que tanto le gustan a Bobby Flores, es música que te quita las ganas de garchar. En cambio los ritmos más masivos son de cachondean el ambiente e indirectamente inducir al garche. Ponelo así: los Stones te calientan, Pink Floyd te enfría. Salís de un recital de Phil Collins y sólo querés que tus amigos se vayan bien a la mierda para irte a dormir cucharita con una ex. Salís de un recital de Peter Gabriel y sólo querés subirte a una moto de baja cilindrada con tus 2 amigos para irte a jugar al pool en un bar de Congreso. Creo que es un tema a tener en cuenta a la hora de ir a un recital y la prueba irrefutable de que todos los que piensan que el Genesis de Peter Gabriel es mejor que el de Phil Collins, son putos.

De repente el taxista empezó a toser como un condenado interrumpiendo mi ejercicio de teoría musical. Giré la cara tratando de refugiarme en un rincón de aire no viciado y escapar de los millones de gérmenes que este monstruo aberrante había liberado. Fueron como 5 tosidas seguidas y yo omití inhalar durante 15 segundos por miedo a tragar la pestilencia emanada de su catarro rasposo (noten la potencia de las erres). Andá a saber las enfermedades que puede tener un hombre que succiona pelotillas de orto. ¡Cierto! ¡Las pelotillas del orto! Por un momento lo había olvidado. Y tenían que ser hemorroides, porque no hay otra opción... para serles sincero, después de casi 50 cuadras compartidas con este hombre, y una vez superado el pudor inicial, me estaba empezado a parecer un poco más natural su fetiche. Como la muerte y los medicamentos, que tardan un rato en asimilarse en el organismo. Al fin y al cabo todos comemos morcilla y una hemorroide es algo así como un chupetín de morcilla. ¿O no? Seguí repasando mis apuntes y garabateando anotaciones al costado del texto con bocadillos que metería “espontáneamente” durante la reunión. En la radio hablaban de incontinencia urinaria y ya estábamos llegando a destino. Recuerdo que imaginé la posibilidad de que un hombre con incontinencia urinaria muera electrocutado mientras dormía con su mantita eléctrica y, mientras lo hacía, volví a notar que el taxi avanzaba a paso de hombre, pero esta vez era responsabilidad del tránsito del microcentro. Estaba llegando tarde así que decidí bajarme y hacer las últimas 4 cuadras corriendo.

- ¿Sabe qué? Esto no avanza. ¿Le jode si me bajo acá que sino llego tarde?
- No hay problema, son $14
- Cobre $15.
- Bueno, gracias.
- Chau, que tenga un buen día.


Voy a confesarles que tengo una cábala. Una sola por suerte. La cuestión es que estoy absolutamente convencido de que si el taxista no me devuelve el “que tenga un buen día”, me está condenando a tener un día de mierda. De verdad. Por eso siempre lo pongo a prueba: antes de bajarme del taxi le deseo un buen día al taxista y el 85% me lo retribuyen, pero el 15% me cagan el día.

- Chau pibe, vos también, que tengas un buen día.

Entonces respiré aliviado, convencido de que no me iría tan mal en la presentación.

- Gracias… ¿sabe me quedé pensando en eso de las pelotillas del orto? son… ¿las hemorroides, no?



(La respuesta, en los comentarios).

lunes, agosto 24, 2009

Las mujeres y los autos

xxxx:
el lunes llego de laburar a las 10 de la noche...
xxxx:
mamá todos los lunes usa mi auto porque va al centro a un curso y sino le sale muy caro el estacionamiento con la camioneta.... (muy rata, sí)
xxxx:
entonces llego con la camioneta de ella a casa y veo un auto negro en la puerta
xxxx:
le hago luces, bocina... todo el quilombo y el auto no se mueve
xxxx:
abro el porton para que se de cuenta que quiero entrar.... y el auto arranca y entra a mi garage!!!

xxxx:
mi cara de cagazo, imposible... no sabía quién carajo era y encima se estaciona en mi cochera... este es un chorro pensé...
Mauro dice:
y quién era?
xxxx:
a los 5 min se baja de ese auto MI VIEJAAAAA!!!!
xxxx:
osea.... recapitulando... mi madre bajandose de un FOX NEGRO cuando mi auto es un FIT NEGROOOOOOOOOOOOOOO
Mauro dice:
NOOOO! y qué pasó??????????!!!!!!!!!!!!
xxxx:
se confundió y se trajo otro auto del estacionamiento....
Mauro dice:
NOOOOOOOOO!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Mauro dice:
tu vieja está senil !!!!!!!!!!

xxxx:
manejando por toda la capital hasta el pueblo con el auto de otro tipo......
Mauro dice:
jja aja ja jaj aja jajjajajjaajja jajaajjaj ajaj ajja aj ja j
xxxx:
y se dio cuenta en la puerta de casa... porque no encontro el control del porton de la cochera!!!!!
xxxx:
yo ya me imaginaba en policias en accion... por robo de auto... gritando NUNCA SE DIO CUENTA DE NADA!
xxxx:
ya estaba planenado que le iba a decir a la policia cuando nos parara cruzando la general paz: "Te explico... es que mami se trajo otro auto a casa... entendes?.. pero fue de colgada nada mas... ahora estamos yendo a devolverlo...."

miércoles, agosto 12, 2009

Nociones básicas de Marketing

No es ninguna novedad que los publicistas somos seres superfluos, pretensiosos y detestables, pero alguien debería hacer notar que la gente de marketing no se queda atrás. Hasta hace unos años los marketineros segmentaban por “variables duras” y el mundo era un lugar lleno de targets, pero más feliz: si vos eras hombre, tenías 45 años, estudios universitarios y un ingreso abultado, ellos decían que leías La Nación, usabas una American Express dorada y vestías en Giesso… o en James Smart. Si vos eras mujer, tenías 27 años y trabajabas de administrativa contable, ellos decían que te comías hasta un ladrillo si le ponían la etiqueta de Ser, que lavabas tu pelo con Sedal y que comprabas la Para Ti religiosamente.

Simplista, pero no tan alejado de la realidad.

Pero hoy la moda es segmentar por lo que los marketineros llaman “variables blandas”: una descripción políticamente correcta de lo que ellos consideran que hacen, quieren y piensan sus consumidores. Hoy los productos están orientados a personas “activas, optimistas, y espontáneas, que aprendieron a aceptarse como son, que consideran que el éxito en la vida va más allá de lo material, que son individualistas pero tienen conciencia social de su entorno, que se cuidan pero sin obsesionarse, que buscan nuevas experiencias y que sienten que aún no existe la marca que les hable directamente a ellos”.

El 99% de las marcas creen que sus consumidores son así. El problema es que después los marketineros temen que sus marcas se confundan con otras…

Creativo fumón: Se nos ocurrió que venga un chico corriendo por la calle y entonces…
Marketinero: No… corriendo no. Si corre da muy Gatorade, nosotros no somos tan activos.
Creativo fumón: Tenemos otra propuesta en la que llega un chico en patineta y entonces…
Marketinero: No… en patineta no. Es muy Sprite…
Creativo fumón: Entonces quizá puede venir cantando, a los saltitos…
Marketinero: ¿Pero eso no lo hizo Dánica?
Creativo fumón: Quizá puede llegar en un caballo si quieren…
Marketinero: ¿Pero eso no es como el cowboy de Marlboro?
Creativo fumón: ¿Lo hacemos llegar volando?
Marketinero: En la última de Levité creo que volaban un poco...

Los tipos te cortan las piernas. Por eso mi propuesta es basarme en la observación sistemática para determinar, en forma irrefutable, cómo es el usuario de cada marca. Sin tantos rodeos:

Autos: el fanático de la Chevy suele ser alcohólico y golpeador. El fanático del Falcon es un asiduo consumidor de amargos, reniega día y noche de todo y le gusta la timba. El usuario de Fiat le pide muy poco a la vida y siempre lleva una franela naranja en la guantera. El usuario de Peugeot se cree más de lo que es. Los usuarios de Renault se dividen entre mandapartes y dominados por la mujer. Generalmente son petisos. En importados: el fanático de BMW cree que con Menem estábamos mejor, el de Alfa Romeo siempre sale con gatos teñidos que rajan la tierra y el de Honda es el estereotipo del tilingo. El usuario de Chevrolet Corsa es pelotudo por definición.

Gaseosas: el que toma Fanta es inmaduro, el que toma Sprite nunca juega al fútbol, el que toma 7up está mal del estómago. El que toma Coca-Cola es familiero y regalón, el que toma Pepsi vive en zona Sur, adora comer fiambre en cubos y es fanático de alguna banda nacional muy de mierda, como "Árbol", "Kapanga" y similares. El que toma Goliat es bagayero, opina que “todo suma” y en los restaurantes siempre pregunta si el plato es abundante. El que toma Paso de los Toros viste pantalones que le marcan los huevos, no sé bien por qué pero es así.

Alimentos: el consumidor de Patynesa tiene cucarachas en la cocina pero ya se acostumbró. El comprador habitual de Savora usa mucho la expresión “a todo trapo”. El consumidor de productos Granja del Sol lava los platos “a la así nomás”. El consumidor de Arroz Gallo Pronto con salsas deshidratadas es soltero, fuma marihuana y come de la olla. El asiduo consumidor de Purecica mastica con la boca abierta y falta seguido al trabajo “porque se siente mal”. El consumidor de mayonesa Ades sin huevo es depresivo y piensa en el suicidio con recurrencia, pero no tiene los huevos para concretarlo.

Higiene personal: el hombre que usa Rexona fue a colegio Industrial y usa el celular abrochado al cinturón. El hombre que usa desodorante Kosiuko tiene un 206 pistero, usa remeras apretadas y escucha Vilma Palma. El hombre que usa cualquier tipo de mousse o spray fijador Studio Line se sienta en el muñeco. El usuario de Lord Cheseline cree que los putos son enfermos y que hay que recluirlos en una isla para que no contagien a la población sana.

(Continuará en los comentarios).

miércoles, agosto 05, 2009

Pisteros

Como los públicos se renuevan y este texto tiene casi 3 años (y siento que en su momento ningún pistero me puteó lo suficiente) voy a reeditar "Pisteros" que fue uno de los textos que más me divirtió (obvio que va a saltar algún quejoso a decir que me tiré a chanta, pero tengo un 100% Lucha contundente para callarlo en el corto plazo). Así que ahí va.

Pisteros
A nivel científico el pistero es material genético defectuoso: se trata de un organismo que depende de su auto como el enfermo terminal de su respirador. La psicología lo definiría como una persona que invierte en su auto la totalidad de su tiempo y sustentos para silenciar una carencia mucho más profunda originada en su temprana infancia. La sociología lo definiría como una desgracia cívica co epicentro en las redes viales del segundo cordón bonaerense. Y los estudiosos del ceremonial, dirían que son un flagelo al buen gusto y un golpe certero a las buenas costumbres.
Lo único que podemos afirmar sin temor a equivocarnos, es que de lunes a viernes el Pistero es un simple profesor de Tae Bo en un gimnasio de olores rancios, un DJ ochentoso en una boite de solos y solas o un turbulento vendedor de autos -con Máster en truchar odómetros-. Porque el pistero nunca hace uso de su rodado durante la semana. Sin embargo, con la llegada del viernes a la noche, el pistero surge entre las sombras e inicia la relación simbiótica con “la nave”. El cronograma de actividades -que siempre tiene por protagonista a su carromato horrible- incluye reunirse con otros pisteros en una estación de servicio, iniciar una caravana de la muerte a “la Lugones” y organizar carreras demenciales de madrugada por Av. Libertador, en las que el ensordecedor ruido de sus escapes termina siempre mutando en una silenciosa pero desesperada búsqueda de prostitutas y travestidos por Constitución.
El domingo temprano, el pistero despierta para lavar su auto con ceras y shampúes de estratosférico valor antes de reunir su reluciente cacharro con el de otros oligofrénicos posesos a un costado de la General Paz. Varias horas después -totalmente insolados pero felices- vuelven a la estación de servicio, invaden el estacionamiento del Auchán "para hacer una sesión de fotos” o se reúnen con otros excluídos sociales a hablar de alerones, llantas y sapitos con luces de leds. La velada termina en sus casas, sintonizando algún nefasto programa de El Garage TV o una de las tantas secuelas de Rápido y Furioso. Este cronograma, viciado y demoníaco, se modifica una vez al mes, día en que los pisteros organizan una multitudinaria reunión para embutirse con vísceras de vacuno y jarras de vino tinto en un tenedor libre que falseó todos sus controles bromatológicos.
De todos los mencionados, la estación de servicio es “el” lugar del pistero. Para ellos no es sólo un lugar para reabastecer combustible: es su cofradía, su templo, su Taj Mahal. Un lugar con una mística y códigos propios. Por eso el pistero siempre comienza a acelerar 2 cuadras antes de pasar por ella: jamás se perdonaría que en la estación descubran que a veces conduce a menos de 160 km/h. Los líderes de estas manadas se suelen movilizar acompañados de negras horribles aunque siempre platinadas. Es justo decir que estos especímenes de crines oxigenadas suelen portar culos prodigiosos que les permiten migrar de auto en auto y de falo en falo con una velocidad mucho más notable que la de los autos de estos enajenados.
Por un problema motriz que afectó sus mienbros inferiores durante la pubertad, un pistero de ley sólo concibe sólo 2 posiciones para el acelerador: "Apagado" y "A Fondo". Esta rutina, tan básica como estúpida, define por completo sus tácticas de manejo aguerrido, pero para estos infradotados al volante, pilotear un auto es estar al filo de la muerte a cada instante. Para el pistero ningún auto sale de fábrica apto para su uso: con la rigurosidad con que se aplica el calendario de vacunación en un recién nacido, el pistero siempre comienza por el kit básico: “Caño, Plancha y Polara” pero a pesar de esta generalización, su auto nunca es uno más. Su auto siempre es “la mejor Civic del mercado”, un “Palio que salió muy bien parido de fábrica” o “una Goleta mejor que 0 km”.
El pistero mantiene una relación de complicidad con su mecánico: un mecánico fiel jamás divulgaría que ese auto está en realidad fusilado de motor, caja y tren delantero y que varios de sus paneles tienen pedido de captura. Si bien algunos energúmenos dejan su auto 1 año en manos de sus mecánicos para volverlos más rápidos (transformándolos en unos cachivaches inmundos que los dejan a gamba día por medio en las zonas más marginales del país), siento necesario hacer notar que la mayoría de los autos pisteros andan menos que sus homónimos en estado original. Llantas, alerones, toneladas de parlantes y todos esos aditamentos luminosos en autos que de pedo salieron de fábrica con la potencia justa para moverse con relativa dignidad, surten el mismo efecto que la altura ecuatoriana en un asmático crónico. Pero una vez que empezó, el pistero no puede parar, incluso algunos dementes afirman convencidos que el auto “le pide las llantas”. Un pistero dogmático jamás arreglaría las grietas del chaperío que materializa su pocilga si eso pusiera en riesgo la compra de un Kit Aerodinámico (traducción: un montón de plásticos para ubicar en cada extremo de su inmundo rodado). Prioridades son prioridades y el auto es siempre la primera porque el pistero “nunca le escatima en nada a su auto” y a la hora de venderlo “ya aparecerá un novio que la pague lo que vale”.

lunes, agosto 03, 2009

Motorola QA1

Motorola se contactó con varios bloggers y otros usuarios de redes sociales para que les presentemos sus nuevos teléfonos: el A3100 y el QA1, que es el que me tocó.

El QA1 es el quinto Motorola que tengo: del primero no me acuerdo el modelo pero imagínense que era más grande que el QA1 con la caja incluída (¿dónde llevábamos esos aparatos? ¿Alguien se acuerda?). Después vino la segunda generación del célebre Startac (irrompible mal, los que estábamos "en la pomada" teníamos el de pantalla verde). El tercero fue el V300 (cuando me lo entregaron me quedé mirando la pantallita color como 18 horas seguidas). Después vino el Rokr E1 (coincidente con mi etapa más bolichera, tenía luces rítmicas al costado. Lo amé, me acuerdo que fuimos a comprarlo 3 amigos a la vez y nos enojamos porque no nos dieron números consecutivos -así de pelotudos éramos-) y después el L7 (que pasó inadvertido a la sombra del archiconocido V3, pero estoy convencido de que el L7 es al diseño de celulares lo que "Chanel" al diseño de modas).

Y ahora Motorola me entregó el QA1 que no puede tener más onda. El QA1 es un Slider con teclado QWERTY (tiré 2 tecnicismos para parecer entendido) y está orientado a redes sociales, con acceso directo a Facebook, con A-GPS, cámara de 2 Megapixels con flash de led y Zoom de 8x. ¡Ideal para sacar fotos de elbenito y subirlas a Facebook en tiempo real!

Así que a partir de ahora las fotos del blog serán mucho más decentes. Muy pronto les voy a estar contando de Feeders, la nueva red social de Motorola que se viene con todo.

domingo, julio 26, 2009

Manual del Tilingo

El Tilingo es aquel personaje típicamente argentino que vive pendiente de las pequeñas cosas que -él considera- lo emparentan con las clases pudientes.

A diferencia del cheto, cuyos usos y costumbres son vanidosos pero auténticos, en el Tilingo todo es artificial y premeditado. Por eso el Universo Tilingo se nutre solamente de detalles insignificantes: lugares de moda, marcas y otras tilinguerías insustanciales que le aseguran el reconocimiento entre sus pares.

Hasta el día de hoy los dedos acusadores recayeron sobre la gente de gustos populares o sin pretensiones: los “grasitas”. Por eso el objetivo de este texto es elevarse como el Manual del Tilingo, un instructivo capaz de fijar las pautas del Tilingo patrón para facilitar su identificación en la sociedad.

La Casa Tilinga

No importa que la casa tilinga tenga las dimensiones de una cabina telefónica. Un Tilingo de ley puede comer, cagar y dormir en un monoambiente con sofá-cama, pero el edificio del tilingo tiene que tener -indefectiblemente- laundry, gimnasio, pileta y salón de usos múltiples (al que se van a referir como SUM).

Amortización financiera o vía de escape a una claustrofobia anunciada, el Tilingo va a usar la pileta del edificio durante todos los días comprendidos entre el 1° de septiembre y el 1° de mayo y en las reuniones de consorcio defenderá el deck y la pintura de la pileta como si su vida dependiera de ello.

La Heladera Tilinga

La heladera tilinga deberá engalanarse con imanes de Persicco, Romario, Dashi y Bokoto (aunque en un cajón se escondan los menúes de una heladería y un sushi medio pelo).

Adentro de la misma aguardan una manteca de segunda marca, un Philadelphia lleno de migas y un tupper con sobras. Pero en la puerta de la heladera siempre estarán, estoicos y desafiantes, gritando a los 4 vientos que “a mí la crisis no me afectó”, una Salsa Barbacoa Heinz, 2 latitas de Speed y una botella de Absolut. Por razones que desconozco, los Tilingos auténticos siempre exhiben las botellas de Absolut como si fuesen trofeos de guerra.

Las Vacaciones Tilingas

¿De qué sirve vacacionar en Pinamar si no volvemos a Buenos Aires con la luneta del auto plagada de stickers que ofrezcan testimonio de nuestro receso estival?

Absolutamente de nada. El Tilingo siempre vuelve de Pinamar con la calcomanía de UFO Point, la de Cariló, la del parador de moda y la de una radio FM.

Para que nadie dude de la autenticidad de su estadía, el Tilingo va a procurar volver de Pinamar con -por lo menos- 3 álbumes de Facebook diferentes (recomendados: “en el VIP de Ku”, “en la frontera en el cuatri” -de alquiler- y “tomando sol en el Parador de DirecTV”).

Durante lo que resta del año, el Tilingo va a rodearse de la gente indicada para asegurarse un lugar de prestado en Nordelta los fines de semana (recomendamos evitar los countries de Zona Sur: para el Tilingo genuino los kilómetros que van a Zona Sur son mucho más largos que los que van a Zona Norte).

El Tilingo y su relación con el Transporte

El Tilingo dice evitar los colectivos porque durante el verano apestan a hacinamiento y a entrepierna adobada y durante el invierno se convierten en una germinadora de virus y pestilencias: la gente tose, estornuda, moquea, la gente es un horror.

Sin embargo he notado que los Tilingos no tienen ningún prurito en admitir que usan el 130 que va por Libertador y vuelve por Figueroa Alcorta y, cuando pasan por la Facultad de Derecho, la Floris Genérica, Barrio Parque y el Malba, envueltos en una fragancia que mezcla las notas aromáticas del Old Spice con las del Impulse de las Tilinguitas, un poco en el fondo sienten que están haciendo un Tour por sólo $1,10.

Es de esperar que un Tilingo auténtico elija el taxi al que va a subirse. El Tilingo evita los 504 “porque tienen olor” y los Duna “porque si yo pago entonces elijo”.

Estudios y Militancia Tilingas

La instrucción del Tilingo será impartida por la UP, la UB, la USAL o la UADE, establecimientos de medio pelo que el Tilingo presentará como si fueran la cúspide de la formación terciaria.

En el orden ideológico, el Tilingo votará indefectiblemente al PRO, más por imitación que por convicción política. Para el Tilingo está bastante claro que el peronismo es de negro y todos los demás son zurditos.

La Gastronomía Tilinga

Con la devaluación del peso argentino viajar al exterior se convirtió en una odisea imposible para el Tilingo local. Para subsanarlo, montones de gastronómicos desahuciados recalaron en Palermo con falsas promesas de internacionalidad costeable que le permiten al Tilingo sentirse el Bon Vivant de antaño.

La comida étnica es una de las perdiciones del Tilingo y, de todas ellas, la vietnamita, la mexicana y la peruano-japonesa se disputan el Top 3. Sin embargo el sushi sigue siendo la principal razón de ser del Tilingo. Como si se tratase de la espinaca para Popeye, el Tilingo se convierte en Supertilingo cuando está frente a un Niguiri de calidad aceptable, teorizando con otros Tilingos sobre la historia, defectos y virtudes de cada cadena de sushi.

Si bien hace 2 años creía que el máximo placer etílico era una Corona con limón, hoy el Tilingo tiene pretensiones de enólogo consagrado y siempre trae el dato de un bivarietal de bodega boutique “que hay que probar”.

En el Universo Tilingo hace varios años que se extinguieron la lechuga, el tomate y el queso: hoy la rúcula y el tomate cherry son furor, y todos los quesos son "lluvias de Parmesano".

El Tilingo y el Deporte

El Tilingo se anota en todas las maratones habidas y por haber y tiene un free pass en Megatlon que usa a diario, no tanto para entrenar como para hacer sociales y contactos. Allí acude, totalmente vestido por Nike (infaltable la gorra Dry Fit), y se pasea a lo largo y ancho del salón suspendido sobre un par de zapatillas que representan la cuarta parte de su sueldo.

El tilingo dejó de apasionarse por el fútbol hace varios años: hoy sigue al Real Madrid, a los San Antonio Spurs, a Los Pumas y a Juan Martín Del Potro. Habitualmente mantiene acaloradas charlas con otros tilingos en las que repiten conceptos y apreciaciones que le roban al Gordo Bonadeo.

Las Tilinguitas

La Tilinguita manifiesta serias dificultades para asumir que nació pobre y en el culo del mundo; ella se siente una diva de Hollywood y, como tal, invierte todo su sueldo en un séquito personal que la mime como se merece: psicólogo, depiladora, nutricionista, personal trainer, esteticista y peluquero (preferentemente de una peluquería top en Las Cañitas que sirva tragos mientras espera).

Habitualmente la Tilinguita trabaja en una oficina, sin embargo sueña con ser Wedding Planner, Personal Shopper o Asesora de Moda. En materia de entretenimiento y contenidos, es habitual que la Tilinguita se ría de la Paparazzi, de Amalia Granata y de todas las botineras. Ella sigue los dramas de Kim Kardashian, Nicole Richie y las 3 putitas rubias que adornaban la Mansión Playboy a 14.000 kilómetros de distancia.