Remedio
Con Julieta cursé algunos años de la facultad y nunca más la vi. Nuestras vidas habían tomado por caminos diferentes, caminos que la enfermedad y la alopecia androgenética acababan de unir. Era la clase de mujer que descree del sabor citrus y los jugos de frutas tropicales, que no cree que estén todas las frutas que promete la etiqueta, se cree viva por eso, y sin embargo cree en la mentira de los shampúes con Ceramidas y los dentífricos blanqueadores. Lo puedo ver, no necesito los testeos del marketing para desenmascararla, para saber lo mal que me cae esa clase de mujer.
Se da vuelta, quizá se olvidaba un desodorante a bolilla, quizá sólo estaba desesperada por agarrar a un tipo mirándole el orto, pero era poco probable. Hacemos contacto visual. Mis opciones son juntar coraje y saludarla, o huir con la medicación, como un carterista, con mi bolsita azul inviolable corriendo lo más rápido que pueda. "Elijo" saludarla. Si estuviera sudado, o con el cutis graso, quizá me hubiera dado a la fuga, pero no era el caso ese día. Entonces hacemos el protocolo completo, el “estás igual”, el “tanto tiempo”, el “con quién te seguís viendo”, toda esa pelotudez, como si de verdad nos importara. Acto seguido salimos de la farmacia, los 2 para el mismo lado, yo a buscar el auto, y ella no lo sé, y acá empieza la anécdota, todo lo demás era protocolo literario.
- Estoy con el auto ¿Te acerco a algún lado? -le pregunto, esperando que me conteste que no, y entonces yo insistiría lo justo, apenas un poco menos de lo necesario para convencerla-.
- Bueno -me dice, como si tuviéramos la confianza-.
En el auto Julieta me cuenta detalles de su vida. Todo parece indicar que se ha convertido en una mujer exitosa, una triunfadora, una mujer que llehó. Me dice que tiene una oficina con vista al río, en un piso 22. Dice que es gerente de innovaciones de una multinacional, que responde al gerente de otra cosa, algo regional, no le entendí. Me dice que tiene una asistente. Intuyo que su asistente también tiene vista al río, y me parece que gana más que yo. No me pareció prudente preguntar. Me dice que compró un departamento, que está pagando un auto pero que no tiene registro, ni siquiera sabe si le interesa manejar. Me dice que en su trabajo premian a los gerentes con un viaje todos los años, que este año va a elegir Nueva York, aunque ya lo conoce. No me dice que quiere ver la segunda parte de Sex and The City antes de que llegue a Buenos Aires, pero es obvio, es por eso. En el semáforo trato de sacar otro tema, me cuenta que los martes va a la psicóloga, que el miércoles va a natación, el jueves hace spinning y el viernes psicóloga de nuevo. Algo así. De eso trata la liberación femenina, trabajar, hacer deportes, no lavar los platos, ponerse electrodos en los glúteos. Pregunto por los hombres y me dice que está focalizada en lo profesional, que quiere hacer carrera, que un hombre sería un obstáculo, tampoco sabe si quiere quedarse en el país. Quizá sea muy exigente pero no va a conformarse, muchas dicen eso. Pero yo creo que el problema es otro, Julieta es tan competitiva, tan ansiosa, tan orientada a los resultados, que cuando conoce a un hombre le agarra el pito demasiado rápido, siempre en la primera salida. Y nunca más la vuelven a llamar. Ningún hombre la toma en serio, eso es lo que pasa. Se lo diría pero voy a esperar a que su psicólogo lo descubra, en 2 años si es de los buenos. Me sigue contando cosas y yo pienso que se subió al auto sólo para eso, para repetir una vez más todo lo que ella piensa sobre sí misma, para convencerse de que eso está bien. En el semáforo un chico viene a ofrecerme un ramo de flores. 30 pesos me pide. Piensa que Julieta es mi novia o algo así, vio la oportunidad y no la dejó pasar. Está bien, así surgen los nuevos mercados. Le digo que sí, que me dé sus flores, es un ramo aceptable, hay variedad, no hay huecos, más que bueno para el standard de semáforo. Cuando vuelvo a mirar a Julieta me doy cuenta de todo. No cree en las frutas tropicales, cree en las Ceramidas, pero no cree que su vida sea tan perfecta.
Hago 2 cuadras más y dejo a Julieta. Hago 1 cuadra más, detengo el auto en doble fila, me bajo y dejo las flores sobre un cesto naranja, un cesto de basura amarrado a un tubo de luz. No las necesitaba más, ya habían vencido al feminismo más dogmático. Podía llevarlas a casa, es cierto, la cursilería garpa de vez en cuando, pero no voy a llegar a casa con un Dexalergin y un ramo de flores. Hubiera sido cualquiera.




