domingo, febrero 07, 2010

Me cagó el finde

¿Qué hace la gente los fines de semana? Yo voy a comer. Una vez fui al jardín japonés, estuvo bueno por 8 minutos, pero la mayoría de las veces voy a comer, no se me ocurre otra cosa. La experiencia no tiene muchas variantes, uno lee el menú (2 minutos), elige un plato (1 minuto), espera la comida (20 minutos), la fagocita como si no hubiera un mañana (4 minutos), espera que su mujer termine su plato (18 minutos), embucha sus sobras (2 minutos), pide la cuenta (4 minutos) y paga (3 minutos). Entre pitos y flautas se redondea casi una hora de distracción, tampoco es que le pedimos tanto a la vida. Esta vez fui a almorzar a una parrilla de Palermo Hollywood. Estaba encargándome de una entraña sanguinolienta cuando una hippie perturbada se bajó de un taxi a pedirnos cambio de $100 para pagar su viaje. Tenía una remera con más de tres colores, pulseras en las dos manos, pelo con frizz, mochila. Definitivamente era una hippie, no necesito indagar en su vida licenciosa y su falta de aseo personal para corroborarlo. Retomamos. La hippie se baja del taxi, nos pide cambio de $100, a mí y a todas las mesas en la vereda. En la mesa de al lado, alguien con sentido común le sugiere que pruebe suerte en la caja del establecimiento, quizá al cajero esté más acostumbrado a lidiar con hippies perturbadas. Entonces la hippie entra al local y a los 15 segundos sale. Enojada, apurada, murmurando por lo bajo “Chetos de mierda, váyanse a cagar". Supongo que nadie le dio su cambio. Esta hippie asqueante, basura, hipócrita, andaba por Palermo Hollywood, en taxi, pretendiendo pagar su viaje con un billete de $100 y nos dijo "chetos de mierda".

Me cagó el fin de semana.

viernes, enero 29, 2010

Extra, extra, las 9 propuestas del PRO para implementar el Bicing en Buenos Aires

Todos sabemos que el Gobierno Porteño lanzará próximamente un sistema de transporte público basado en el alquiler de bicicletas, un sistema que ya funciona con éxito en las principales ciudades europeas.

Las ventajas son obvias: la bicicleta no contamina, es silenciosa y en distancias cortas y medias, es el medio de transporte más rápido. Pero el problema es el riesgo, siempre latente, de que se roben las bicicletas. Por eso, y en un esfuerzo periodístico sin precedentes, accedí a un documento inédito y confidencial: con ustedes, las 9 propuestas que los asesores y colaboradores del PRO acercaron al jefe de gobierno porteño para minimizar los robos de bicicletas.

1) Como si se tratara de un revolucionario Transformer, la bicicleta se convertirá mágicamente en un Policía de gatillo fácil que vacíe su cargador sobre el ladrón. Acto seguido volverá a convertirse en bicicleta sin que nadie lo note.
2) La bicicleta llevará una bomba escondida en su interior. Durante las noches detonaremos las bicicletas no devueltas eliminando el negrerío ladrón y volando sus guaridas en mil pedazos. Sobre los terrenos de sus casas demolidas construiremos torres de 40 pisos para reactivar la economía.

3) Entregaremos cada bicicleta con un instructivo en inglés. De esta manera los negros no sabrán cómo pedalear la bicicleta y desistirán de llevársela.
4) Colocaremos televisores LCD, stereos gigantes y Playstations 3 al lado de las bicicletas. De esta manera la bicicleta se posicionará como la opción de robo menos deseable.

5) Colocaremos en el manubrio un reconocedor de huellas dactilares fotosensible: la bicicleta no arrancará con negros, exceptuando al negro Rada, Jon Secada, Wycleaf Jean y otros negros que hayan demostrado ser capaces de llevar una vida alejada de la delincuencia. Si los hubiera.

6) El sillín de la bicicleta se convertirá mágicamente en un afilado cuchillo que desangre al ladrón a la vista de sus semejantes, atemorizándolos y disuadiéndolos de la práctica delictiva.

7) Los pedales llevarán la siguiente advertencia: “No usarse con Nike Shoxx. Riesgo de rotura del calzado”.

8) Vamos a generar un cerco perimetral electrificado que separe las zonas decentes de las zonas delictivas. De esta manera las bicicletas podrán circular únicamente por Puerto Madero, Avenida del Libertador, Palermo Soho, Palermo Hollywood, Las Cañitas y Belgrano R (se estaría evaluando la posibilidad de agregar a Caballito). Al pasar por Plaza Italia la bicicleta se elevará por los aires, como en E.T, esquivando el negrerío viajero. Toda bicicleta que ingrese en otra zona se electrificará automáticamente.
9) Lanzaremos y difundiremos un reggaetón o cumbia villera cuyo estribillo advierta que andar en bicicleta es de cheto, de puto o de otra minoría reñida con el negrerío delincuente. El videoclip mostrará decenas de traseros de mujeres atractivas (desde la perspectiva del lumpen) para multiplicar su difusión y llegada. Letra optativa: “La bici es de cheto, de puto, de rati, de hijo único, rescatate guacho y choreá otra cosa”.

martes, enero 26, 2010

Me cagó las vacaciones II

Con el tiempo fui perdiendo la capacidad de disfrutar, no estoy diciendo ninguna novedad, a mí la vida me hizo esto. Quizá por eso las vacaciones, lejos de renovarme, sólo me representaron un par de kilos más y un par de miles de pesos menos. Yo soy así, me gusta pensar que pronto voy a volver, que me voy a encontrar 8 facturas debajo de la puerta, que me espera una catarata de laburo, cosas por el estilo. Si les dijera que envidio a aquellos que tienen la capacidad de ser felices les estaría mintiendo: yo estoy bien así.

Sin embargo, tengo que reconocer que hubo una situación que logró perturbar mi receso estival: saber que a mi regreso tendría que lidiar con el mecánico. Porque las vacaciones también son eso, hacer mierda el auto.

En mi caso rompí el parabrisas, las luces bajas decidieron no andar más y una correa empezó a hacer un molesto chirrido al arrancar. Y por si no lo sabían, eso implica tres mecánicos. Porque ya nadie “arregla el auto”, eso es cosa del pasado, ahora un mecánico cambia el parabrisas, otro cambia las lamparitas y otro cambia las correas. No sé cómo fue que pasó, pero estos linyeras se volvieron especialistas, así de repente, como los médicos, que te miran los huesos pero no los músculos, la boca pero no los ojos, el pito pero no el culo. Un verdadero desastre.

Sin embargo, y quizá sea porque Dios existe, quizá sea por mera casualidad, encontré un lugar que arreglaba las tres cosas. Que cambiaba vidrios, que cambiaba lamparitas, que cambiaba correas. Puede parecerles sencillo, pero es todo un hallazgo, así que me subí al auto y lo llevé el taller:

- Hola, necesito cambiar el parabrisas y las luces bajas.
- Bueno.
- ¿Y no le mirás la correa de accesorios? Hace como un chirrido al arrancar…
- Bueno, la miramos.
- Debe ser una boludez, no creo que haya que cambiarla... a lo sumo tensionarla un poco.

- ¿Vos sos mecánico?
- No.
- Ah, como me decís lo que tengo que hacer...
- Pero lo básico lo sé... pasa que
no me gusta ensuciarme las manos.

El mecánico me miró con un odio fulminante. Hacían 39 grados de calor bajo ese techo de chapa incandescente y yo le dije que no me gustaba ensuciarme las manos. Y seguramente tampoco me gustaría transpirar, de hecho a mí me gusta estar sequito, oler a Dove Go Fresh fragancia pepino.
- Bueno, entonces vas a tener que encontrar otro que se ensucie por vos.

Y así fue como ese mandril horrible me condenó a padecer tres mecánicos diferentes. Y así, me cagó las vacaciones.

domingo, enero 17, 2010

Me cagó las vacaciones I

Agarrá a un tipo que se fue a la costa y preguntale cómo estuvieron sus vacaciones. A cualquier tipo, a cualquier costa, es indistinto. La respuesta, invariablemente, dependerá de la proporción de días de playa sobre el total de su estadía. “Bárbaro, nos tocaron 12 días de playa” o “para el orto, nos llovió toda la quincena”, de eso tratan las vacaciones, de los días de playa. De insolarse, de mear en el mar, de comer un choclo con arena, de leer el último libro de Ari Paluch, cosas por el estilo.

Por eso el martes pasado quise torcer el destino. Veinte grados no es un día de playa en el sentido estricto, pero yo dije que podía serlo, que por algo soy creativo: porque yo con veinte grados te hago un día de playa. Y me metí al mar. Y le dije a mi mujer que se meta, que había que meterse de golpe, que el cuerpo sólo tarda siete segundos en adecuarse al agua fría. El cuerpo es un mecanismo sorprendente, así es el principio de homeostasis, el propio organismo se encarga de reestablecer el equilibrio perdido, lo dijeron en National Geographic una vez, la posta es zambullirse de golpe.

El miércoles la llevé al Sanatorio Mautoné de Maldonado a que le vean la fiebre y la tos convulsa.

Y mientras le estaban haciendo unas placas llegó a la recepción del sanatorio un viejo pálido, enclenque, muy desmejorado. El pobre hombre estaba no menos de 15 kilos por debajo de su peso saludable, estaba desvencijado por todos lados, realmente a la miseria. El viejo se asoma al mostrador y le pide a la recepcionista que lo atiendan, que le hagan un estudio, que hagan algo. La recepcionista entonces le dice que tiene que abonar 200 pesos uruguayos (algo así como $40) y el pobre viejo, con todos sus dolores a cuestas, saca energía de no sé dónde para quejarse a los gritos: que no puede pagarlo, que cómo lo van a dejar morir, ahí mismo, a la vista de todos, que cómo podían ser tan crueles con un viejo. De verdad me partió el alma. Entonces junté coraje, me acerqué, le agarré la mano y le di los 200 pesos uruguayos, un billete de 100 y dos de 50. Nadie debería morirse por una cifra tan ridícula. El viejo se miró la mano con el bollito de billetes y me dijo: “yo con esto me voy al bar” y cuando lo dijo, sentí una pestilencia etílica devastadora emanando de sus fauces. Y se fue rengueando, por la misma puerta por la que entró. Era un viejo crápula, un borracho hijo de puta. Y yo, un pelotudo. Me cagó las vacaciones.

miércoles, diciembre 30, 2009

Los 9 tipos de usuarios de Twitter

Hace unos meses, los gurúes 2.0 me convencieron de que Twitter era el futuro en redes sociales: “el lugar de encuentro de la gente cool”, “una genial divulgadora de noticias y contenidos”, y “una excelente generadora de contactos profesionales”, entre otras promesas más que atractivas. Así que junté coraje (como cuando se entra a un restaurant muy paqueto creyendo que se va a desentonar) y saqué una cuenta en Twitter. Y esto es lo que encontré, con ustedes los 9 tipos de usuarios de Twitter.

El Literal:

Twitter se rige por una consigna simple que el Literal sigue al pie de la letra: “¿Qué estás haciendo?”. La respuesta es esperable: “Lavándome los dientes”, “Yendo a trabajar”, “Llenando una planilla de Excel”, “Llenando otra planilla de Excel”, “Cocinando un arroz instantáneo”, “Yéndome a dormir”, y así sucesivamente, con mínimas variaciones, a lo largo de toda su vida. Este tipo de usuarios, con toda su sensatez a cuestas, rara vez tiene seguidores. Los tendría, quizá, si su vida fuera la de Justin Timberlake.

La Presumida:

La presumida quiere convencer a todos de que tiene la vida de Paris Hilton, pero en lugar de mostrarla en un reality show por FOX, prefirió mostrarla en Twitter: “Tomando daikiris en la terraza”, “Navegando en el delta con Fede”, “¡Me quiero morir! ¡Llegó el resumen de la tarjeta!”, “Me voy mañana a New York, si alguien sabe de un buen hotel que mande DM”, “Yendo a la Final del Abierto de Polo con Guti… ¡aguante Chapaleufú!”, y similares delirios de esquizofrénica pomposa.

El de la Matrix:

Neo ingresó en la Matrix para destruirla desde adentro y el usuario de la Matrix pretende lo mismo. Él simplemente se inscribió para explicarle a todos que parecen estúpidos, que no se entiende lo que dicen, que es mentira que esté bueno, o que es mejor salir y jugar a la pelota: “¿De verdad esto es Twitter? Porque a mí me dijeron que estaba buenísimo…”, “¿Qué estoy haciendo? Estoy en este Twitter de mierda”, “Nada, si estuviera haciendo algo no estaría en Twitter”. Y tiene razón, sinembargo la gran mayoría de Twitteros de la Matrix terminan abducidos, convirtiéndose en cualquiera de las otras variedades.

La Pesada:

Hay una tipología de mujer que siempre llama a su novio cada 5 minutos. Es sistemático e inevitable, cada 5 minutos tiene que llamarlo para preguntarle qué está haciendo, en dónde, con quién y hasta cuándo. Esta mujer tiene su correlato en Twitter: la Pesada es la usuaria que necesita contarnos qué está haciendo en cada momento: “Me voy a buscar un café a la máquina del laburo”, “Ya está, volví”, “uuuuhhh… está hirviendo, me cocinó la lengua!!!!”, “Me parece que voy a dejar que se enfríe un poco ¿qué dicen?”. Y no te deja opción, a los 20 minutos tenés que borrarla, por psicótica enferma.

El Gordon Gecko:

El Gordon Gecko está obsesionado en demostrar su know how en finanzas, management y economía. Por eso todos sus Tweets implican, por lo menos, 100 millones de dólares en juego: “Última conferencia de Steve Jobs consiguió subir las acciones de Apple un 11%”, “General Motors perdió US$ 800 millones este trimestre… ¿se viene la quiebra?”, “Mal comienzo para Obama en sus relaciones con China, principal prestamista de EEUU”. Pero por favor… paremos esta mentira de una buena vez, si todos sabemos que vas al supermercado el día del descuento.

El Rain Man:

Al usuario Rain Man no le importa nada de nada. Él vive su mundo, simplemente suelta frases a la marchanta y el que quiera sumarse, que se sume: “Tomá hija de puta!”, “Te cagué”, “Y bue, la vida es así”, “In your face mother fucker!”, “Qué jugador que soy…”, “La maté porque la amaba” y demás incoherencias sin conexión aparente. Para serles sincero, y basándome en la observación sistemática de esta red social, la enorme mayoría de los mensajes tienden al formato Rain Man y muchos, sin embargo, consiguen establecer el diálogo con otros Rain Men.

El Twittero puro:

En los años 80 y 90, Alberto Olmedo y Marcelo Tinelli mostraban a sus camarógrafos y hacían chistes con ellos. Eso era la TV hablando de la TV, revelando el artilugio. En el 2006 los blogs de vanguardia empezaron a analizar el fenómeno de los blogs. Eso era blogs hablando de blogs. Y ahora el colmo de la modernidad son los Twitteros obsesionados con el fenómeno Twitter: “Twitter llegó a los 44.500.000 usuarios”, “El tráfico de Twitter creció un 600% en los últimos 12 meses”, “Se estima que se abren diariamente 8000 cuentas de Twitter”. La verdad es que a nadie le importa todas esas pelotudeces, pero uno los sigue por las dudas, por si en algún momento alguno de ellos revela cómo hacer guita con esto.

La Copada:

La Copada es la típica mina que no le niega el saludo a nadie, la que saluda a todos los porteros de la cuadra, la que sabe el nombre de todos los kiosqueros del barrio, la que siempre está con una sonrisa. Es como una cruza de animadora infantil y tía esclerótica: “Buen día chicos!”, “¿Cómo andan todos por ahí?”, “Que en estas Navidades todos encontremos la paz y la estrella de Belén ilumine nuestros caminos”, “Me voy a la camucha… hasta mañana!”.

El Vivito / La Vivita:

El vivito no encaja del todo en Twitter y sin embargo no hace mayores esfuerzos por integrarse, no revisa los Retweets, no contesta los mensajes, no obedece la consigna, a él simplemente se le ocurrió que este podía ser el formato ideal para registrar sus ocurrencias y poco le importa lo que hagan los demás: "Tengo 12 horas para bajar 5 kilos, quizá me ampute una extremidad", "La gente que tira cañitas voladoras, o la que hace jodas el día de los inocentes, es fronteriza", "Cuando dejan de darte asco las frutas del pan dulce, es que te volviste viejo", o "¿La web de Fort tiene banners de Mercado Libre? ¿Tanta guita daban esos banners? ¡Hubieran avisado!".

lunes, diciembre 28, 2009

Me cagó el Día (27/12)

No quisiera ser repetitivo pero me volvió a pasar. Fui a un establecimiento gastronómico y alguien me cagó el día. Esta vez fui a Selquet por un trago, un mojito. Elegí un mojito porque la menta, uno de sus ingredientes esenciales, se usaba en la Antigua Grecia para mejorar el malhumor. Y elegí Selquet porque desde su terraza se respiran los eucaliptos de Palermo, y esta hierba, según los romanos que lo usaban como anestésico, tiene un efecto narcótico. Miren sino a los koalas, que sólo comen eucaliptos y siempre están felices (de hecho, los koalas están drogados todo el día).

Entonces el mozo me sirve mi mojito, que viene con una canasta de papas fritas y un triolet con jamón, queso y aceitunas (jamás toco las aceitunas, tengo por convicción no comer alimentos que tiendan a la forma esférica) y me dispongo a disfrutarlo mientras inhalo ese aire anestésico al que encomendé la difícil tarea de hacerme feliz por al menos 20 segundos. Inmediatamente, como si 20 segundos de felicidad fueran demasiado pedir, llega un viejo de unos 50 años con una mina de 22. Debe ser su hija, pensé que eso era lo lógico.

El viejo, con una frente de unos 18 centímetros totalmente insolada, con 5 botones de la camisa abiertos, y con un “look gremialista” que me dio palpitación ocular, depositó sus 2 celulares sobre la mesa y realizó su pedido. Acto seguido, este crápula de frente interminable procedió a meter su lengua en las fauces de su acompañante y a acariciarle la rodilla. Definitivamente no era su hija. Era una "coge-viejos" -ni siquiera una cazafortunas de alto vuelo-, una simple vaga que no quiere trabajar en un call center toda la vida, que no quiere ver “Valientes” en un 21 pulgadas, que no quiere que un pelilargo la lleve al parque en ciclomotor, saque la guitarra y le cante “Detrás de las paredes”, con esos falsetes forzados de cantante amateur. Y me dejó pensando, porque quizá tenga razón, quizá un vejete pulcro no pueda ser peor que todo ese compendio de desgracias.

Me cagó el día.

domingo, diciembre 20, 2009

Me cagó el día (20/12)

Estoy almorzando en una parrilla palermitana, es un día soleado y estoy en una mesa a la calle, la situación es lo más cercano a un día de campo que yo pueda tolerar. De repente se estaciona un Porsche Cayman frente a mis ojos. Blanco, impecable, perfecto, no puedo dejar de mirarlo. Si tenés mucha suerte -y sólo si tenés mucha suerte- te podés comprar un auto así cuando ya no tenés la edad para disfrutarlo. La vida tiene la costumbre de reirse de nosotros en nuestra propia cara. De pronto se abre la puerta del conductor y se baja un pibe de unos 24, quizá 26 años, pero no voy a dejar que me cague el día. Ahora se abre la puerta del acompañante y se baja una adolescente de unos 17 o 18 años, piel dorada, Ray Ban gigantes, mini short pequeñísimo. Se baja del Porsche, le da un portazo porque no le importa nada, y comienza a juguetear con su celular touch screen. Contestar mensajes de texto, contestar e-mails, actualizar el fotolog, qué sé yo, ya ni me acuerdo qué hacían los jóvenes. Pero, de nuevo, no voy a dejar que me cague el día, hay que aprender a aguantarse, a no codiciar la mujer de tu prójimo, a no codiciar los bienes ajenos, aunque te des cuenta que jamás viviste la vida y no puedas pensar en otra cosa.

En la mesa de al lado hay 3 tipos compartiendo una botella de vino. Uno come una milanesa a caballo, una milanesa del tamaño de una paleta de paddle, coronada con un huevo frito, un huevo frito que parece de avestruz, la porción de papas fritas es casi obscena. Los otros le hacen chistes malos sobre su hígado, sobre la cantidad de aceite utilizado en la cocción, sobre las calorías ingeridas, y el que come la milanesa a caballo les retruca: "Yo me llevo la vivido a la tumba", mientras engulle un pedazo de milanesa embebido en yema de huevo.

"La vivió", comió milanesa a caballo con 2 pelotudos que hacían chistes malos sobre su hígado. Era un mediocre sin aspiraciones, un conformista, un negador, le rompería su botella de vino berreta por la mollera.

Me cagó el día.

Me cagó la noche (19/12)

Estoy en un restaurant, cenando un risotto con queso, y mientras miro el plato y la panera, ambos vacíos, pienso que es probable que no vuelva a cagar nunca más. En la mesa de al lado acaban de ubicarse cuatro señoras de entre cuarenta y cinco y cincuenta años, todas bien peinadas, perfumadas, supongo que bien vestidas, aunque a esa edad todo sea en vano: una cuarentona arreglada es como un Peugeot 504 tuneado ¿Qué cambia? ¿Qué necesidad hay?

A los dos minutos esucho a una de las viejas susurrarle a las otras: "no vayan a mirar, pero allá está... en aquella mesa", y con su mentón botoxeado señala otro sector del restaurant. Entonces, las cuatro se levantan sigilosamente, y se mudan a ese sector que no llego a divisar.

Estaban siguiendo a un tipo, tratando de descubrir una infidelidad o de provocar un encuentro fortuito, no lo sé. Lo que sí sé es que eran cuatro menopáusicas pelotudas jugando a ser jóvenes, o jugando a esa tragicomedia llamada Sex and the City, y que la situación me pareció de un patetismo tal que me cagó la noche.