viernes, noviembre 20, 2009

Revelación Musical

Hace unas semanas tuve otra de mis revelaciones musicales. Simplemente suceden, sin previo aviso, no es que pueda elegir el momento y lugar en el que voy a iluminarme. Esta vez tenía que presentarle una campaña a un cliente. Era el relanzamiento de un producto o algo así. No puedo ser muy específico, pero es lo típico que hacemos cuando un producto fracasa y nadie se explica por qué. Lo relanzamos. Nosotros decimos que es la fórmula, o el precio, o la distribución. Ellos dicen que es la comunicación. La verdad es que nadie sabe quién fue el culpable. Cómo cuando te pegan de atrás, todo el que haya atravesado la edad del pavo entenderá esta analogía. Entonces, retomando, volvemos a lanzar el producto con otro titular y esperamos a ver qué pasa. Este experimento puede costar alrededor de dos millones de pesos, a veces más, a veces menos. Quizá sea que a nadie le importe un nuevo detergente, un nuevo fernet o un nuevo pegamento para dentaduras postizas. A veces creo que es eso: que a nadie le importa. Que ya tienen sus productos, que están bien así. Pero a veces creo que no, que no puede ser eso. No creo que el común de la gente tenga cosas mejores en que ocupar su vida.

Hagamos la prueba. Aquí. Ahora. Ya mismo. Díganme algo más interesante que un nuevo desodorante, que un nuevo celular, que un nuevo auto compacto que nadie puede comprar.

¿Y?

¿Y?

¿Lo ven?

Por eso todavía aguanto esto. Por eso y porque a veces nos dan vales para comer sushi gratis, y cuando te acostumbrás a consumir algo gratis es muy dificil volver atrás. Nos tienen presos con unos vales. Tengo ganas de llamarme a silencio. La cuestión es que me apersoné en las oficinas del cliente, estreché la mano de un montón de tipos con traje y entré con ellos a una sala de reuniones. De esas salas de reuniones llenas de dicroicas, si entienden a lo que me refiero. Dicroicas, vuelvo sobre el tema, a las que no se les escapa detalle. Dicroicas que propician el estado de iluminación. He visto de todo en esas salas. He visto frustración. He visto el fracaso de la coenzima Q10. He visto mucha seborrea. He visto cosas escalofriantes, cosas que hubiera preferido no ver. Por eso fijé la vista en un espacio neutral y empecé a contar la campaña. La idea creativa. La estrategia. La activación. Y he aquí el quid de la cuestión, esto es lo que importa, lo demás era innecesario. Siempre que voy a presentar una campaña cumplo un ritual estricto: bajo ningún aspecto, y lo recalco, "bajo ningún aspecto" permito que mi remera tenga más onda que la idea que estoy por presentar. No lo permito. Porque no. Porque está mal. Como la gente muy fea con celulares muy lindos. Está mal, no queda bien. Porque si fracasé en el propósito de ser un creativo genial, no voy a vestirme como tal. Un código que, en líneas generales, este gremio no comparte.

Pero ese día la idea era tan buena que me permití elegir la remera. Ese día no sería la remera lisa azul de cuello redondo. Ni la chomba gris con rayas horizontales (que es la indicada para presentar esas ideas que son un horror). La idea era tan buena, tan subliminal, tan pegadiza. La idea tenía tanta onda, que me puse una remera con un estampado lleno de rockeros muertos.

Llegamos al punto.

Jimi Hendrix, Jim Morrison, Kurt Cobain, Mick Jagger y otros dos. Era un collage muy bien hecho. Si una remera con un muerto tiene onda, imagínense una con 6 rockeros muertos. Y mientras contaba mi idea y trataba de contagiarle entusiasmo al cliente, el tipo de entusiasmo que hace que uno compre sin mediar palabra, miré el estampado y me di cuenta de algo obvio. Algo que nunca había notado. La música, el enorme universo musical, al ser llevado a un estadio, muta en alguna de estas 3 categorías:

1) Recitales para ir a apoyar minitas: son los artistas que gustan tanto a hombres como a mujeres. Que tiran un solo de guitarra o batería para llenarnos de testosterona y después tiran una balada para ablandar a las cerdas y que se dejen apoyar. Emblemas de esta categoría son Aerosmith y Bon Jovi.

2) Recitales para luchar por tu vida: a estos recitales sólo van hombres. Son antros del sudor y las remeras negras. Prodigiosas congregaciones de melenudos y tatuados. El lugar donde los hombres van a desplegar su supremacía física frente a otros hombres, más pequeños e indefensos. Son, básicamente, recitales para apoyar tipos. Ejemplos emblemáticos son AC/DC y Metallica.

3) Recitales para tirarte al fondo a hablar con tus amigos: nadie se explica por qué la gente va a escuchar estas mierdas. No calientan. No ablandan. No te hacen mover. Sin embargo son un excelente acompañamiento, son los recitales ideales para ir al fondo del estadio y tirarse a hablar con un amigo, a veces, comentando lo groso que es el artista, aunque si eso fuera cierto estarían escuchándolo. Ejemplos emblemáticos son Coldplay y Radiohead. Quisiera nombrar también a Kevin Johansen, pero es tan choto que hasta creo que le hice un favor.

Y después hay algunas bandas que son una fusión de dos categorías. Por ejemplo, para apoyar minitas y para luchar por tu vida. Eso es todo lo que tengo para decir al respecto. La campaña mucho no gustó, voy a tratar de aplicar la misma idea en algún otro producto.

lunes, noviembre 09, 2009

Japonés made in China

En el primer año de la licenciatura en publicidad conocí a Ukyo. Y Ukyo, era japonés. Podía haber sido chino o coreano y nadie se hubiera enterado, pero él se asumió como japonés y yo no tenía razones para no creerle. Un día el profesor de Sociología I preguntó a Ukyo su origen, su nacionalidad. Entiendo que él tampoco podía diferenciar entre las diferentes tipologías orientales, tan buen profesor de sociología no debía ser. Esto fue momentos antes de empezar a hablar de los Otakus, del Seppuku, del Harakiri o de alguna de esas manías típicas de los nipones, como suicidarse por honor o morir por trabajar 96 horas seguidas. Ukyo contó que su familia había venido de Kyoto, esto es Japón, pero a diferencia de otros productos llegados de la tierra del Sol Naciente, como el Walkman o la Nintendo, Ukyo no llevaba impreso el “Made In Japan” por ningún lado. Su origen era más un acto de fe que otra cosa. Él dijo que era japonés y yo no tenía razones para no creerle.

Ignacio, fanático de las teorías conspirativas y obsesionado por las conjeturas más raciales más descabelladas, estaba seguro de que Ukyo era chino. Me lo confesó apenas nos conocimos. Existe una posibilidad, remota pero posibilidad al fin, de que sólo nos hayamos conocido porque necesitaba cotejar con alguien sus hipótesis sobre el presunto japonés.

- "No creo que aquel chino sea japonés", me dijo, señalándo al oriental con una levantadita de mentón.
- "¿Ukyo?", pregunté, tontamente, como si hubiera otro oriental en el salón.
- "Sí, ese…".
- "¿Y qué va a ganar mintiendo?" dije, quizá tratando de serenarlo, quizá echando más leña al fuego, las 2 son actitudes muy mías.
- "Eso no lo sé, pero los japoneses son… distintos", dijo Ignacio, a lo mejor sin argumentos.
- "Puede ser", dije yo, e inmediatamente sentí esa necesidad, también mía, de argumentar todo, aunque sea con razonamientos tirados de los pelos. -"Creo que los japoneses se peinan distinto".
- "¡Eso es!", asintió Ignacio, "le falta onda para ser japonés, los japoneses se tiñen mechones, manejan motos de carrera, dirigen mafias, este es un cantonés simplón que nos está jodiendo a todos, es un chino acomplejado".

Creí que el tema había quedado ahí, que todo había sido una rabieta con el oriental, pero a los pocos días, en otra clase, posiblemente haya sido Teología o Historia de la Cultura, Ignacio verificó que nadie nos escuche y por lo bajo me confesó que, esta vez, había estudiado los movimientos del oriental.

- "No importa lo que diga ese amarillo" -y aquí hizo una pausa, la pausa previa a una verdad que está por revelarse, "lo que importa es lo que no dice. ¡Los actos! ¡Cómo actúa el oriental!"
- "De verdad no sé de qué mierda me estás hablando".

Y francamente no lo sabía, pero su locura, la locura de Ignacio, de eso estamos hablando, era mucho más divertida que la predecible cordura del resto. No entenderlo, de ninguna manera implicaba querer desentenderse. Y menos aún, hasta no llegar a la verdad de todo esto.

- "Me refiero a los gestos del oriental, al lenguaje de su cuerpo amarillo. Lo estuve mirando, detenidamente, dos días enteros", dijo Ignacio, mirándome fijo.
- "¿Y qué descubriste?", pregunté perplejo.
- "Que este amarillo no sabe karate".

Aparentemente, y esto es opinión de Ignacio, los movimientos de Ukyo no tenían ni la prontitud ni la precisión de un artista marcial y, si de verdad hubiera sido japonés, o incluso chino, tendría que haber sido un experto karateka. Según Ignacio, claro.

- "Estuve mirando al oriental y estoy segurísimo de que no sabe karate. No es ni chino ni japonés, ni supermercadito ni tintorería. Ese amarillo farsante es coreano. Co-rea-no", sentenció, orgulloso de su veredicto.
- "No entiendo la relación".
- "En China y en Japón el karate es como una materia obligatoria, en Corea no lo es".
- "¿De dónde sacaste eso?"
- "Lo escuché por ahí".

- "No podés decir que no sabe karate sólo basándote en la forma en que agarra la birome", sugerí, ya empachado de delirio.
- "Y en la forma de caminar, y en cómo da vuelta la cabeza cuando alguien lo llama. Es tosco, no tiene gracia, es como cualquiera de nosotros".
- "Vayamos a preguntarle en el recreo si sabe karate".
- "Vayamos, voy a estudiar lo que diga... con su cuerpo".

Y en el recreo nos acercamos a Ukyo. No voy a mentirles, estaba muy nervioso. Un acercamiento fortuito es algo trivial, algo que puede sucederte todos los días. Pero cuando lo tenés planificado, cuando lo estás forzando, deja de serlo. Llevábamos días elucubrando las hipótesis más intrincadas sobre el origen del oriental y estábamos a punto de llegar a la verdad, pero antes debíamos formular una pregunta. Necesitábamos saber si Ukyo rompía tablas, si dominaba el nunchaku, si echaba patadas voladoras. Si nos podía cagar a trompadas, a los 2 juntos, sin titubear, ahí mismo. Si era una máquina de matar, amarilla, esperando el momento preciso para embriagarse de sangre. Tomé la posta y le pregunté, de alguna manera, y con todas mis limitaciones, supuse que mis habilidades sociales eran mejores que las de Ignacio.

- "Che, qué buena onda todo eso de Japón" (aparentemente, romper el hielo con orientales, plantea dificultades comparables a encarar a una mina que no conocés) "¿Y... sabés algún arte marcial?"
- "No".
- "¿No sabés karate?", preguntó Ignacio, claramente entusiasmado.
- "No", contestó el oriental.
- "Pero… sos japonés. ¿Cómo no vas a saber karate o tae-kwon-do o yudo o… algo?", preguntó Ignacio, ahora indignado.
- "Sé tocar la guitarra", dijo el oriental, y yo no entendí la relación entre una cosa y la otra.
- "¿La eléctrica o la criolla?", preguntó Ignacio, que había tenido una banda de Death Metal y se consideraba mejor que cualquier guitarrista argentino, excluyendo a Walter Giardino.
- "La criolla, toco folklore japonés".

Las cartas estaban echadas. Ignacio se relamía. Creyó que había acorralado al coreano en su propia mentira.

- "Me encantaría escuchar tu folklore japonés", solicitó Ignacio.
- "Será un honor", contestó Ukyo, y fijó la fecha de su recital, "la semana que viene traigo la guitarra".

Durante una semana entera, Ignacio estudió absolutamente todo sobre el folklore japonés. Todas las noches, al llegar a su casa, bajaba canciones en su computadora. Estudió la fonética, las melodías, la métrica, creo que los arpegios también, pero no podría asegurarlo porque no entiendo la jerga musical. También estudió los folklores chinos y coreanos, claro, para comparar. Todas las noches, al llegar a su casa, se tiraba sobre un sillón y escuchaba esas melodías. Horas y horas de folklore japonés.

La semana siguiente el oriental trajo su guitarra para deleitarnos con su arte. Esperamos, expectantes, el recreo. Entonces Ukyo sacó su guitarra, se sentó, ubicó el instrumento sobre su pierna derecha, inclinó la cabeza y su flequillo negro y tupido flameó unos instantes al viento, como en el animé. Acarició las cuerdas por primera vez, como cualquiera puede hacerlo, incluso un occidental. Y entonces empezó a tocar y, mucho más importante, a cantar:

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La situación era demencial. Más de veinte personas, encerradas en un aula, escuchando a un oriental tocar la guitarra. Desconociendo la finalidad científica de toda esta situación. Algunos se miraban entre ellos, incómodos, conteniendo la risa, dando cuenta de lo bizarro de esta situación. Ukyo estaba poseído por la música, sólo eran él y su guitarra. Ponía caras, esas caras deformes que ponen los cantantes en la sala de grabación, cuando nadie los ve, para entonar mejor. Esas caras que jamás llegan al videoclip. Afinaba bien, quizá hasta tenía un don. No lo sé. Definitivamente no era malo. Entonces vi a Ignacio retroceder unos pasos, bajar la mirada y dejar caer sus brazos, abatido, rendido. Me acerqué. Esperé su conclusión. Con un hilo de voz le escuché decir:

- "Este amarillo hijo de puta era japonés al final".

Elbenito

Creo que heredó el gen de la maldad. No el de la calvicie.

viernes, octubre 23, 2009

Volvió 100% Lucha

Después de unas largas pero merecidísimas vacaciones vuelve 100% Lucha a la pantalla de Telefe. Y en esta nueva edición del mejor espectáculo de lucha profesional del Universo nos encontraremos con tres nuevos retadores:
  • El cubano Ricky Dragone, de físico excepcional y técnica depurada.
  • El primo de Viloni, que se rehusó a revelar su nombre.
  • Y Mugre, "un gigante barbado y pelilargo de la Provincia de Corrientes" (sic).

Con la conducción de Leo Montero y los relatos de Príncipi y Husni, 100% Lucha vuelve el 1° de noviembre a las 11 horas por la pantalla de Telefe. No te lo pierdas.

Niño, si tienes entre 8 y 14 años y llegaste hasta acá buscando información sobre 100% Lucha y tus luchadores preferidos, es el momento de que dejes esas boberías de lado y empieces a hacerte hombre de una puta vez. Te sugiero que leas el caso que este lector me plantea a continuación.

De: xxxxxxx
Enviado: Martes, 20 de octubre de 2009 11:03:18 p.m.
Para:
srmauro78@hotmail.com

Hola. Leo tu blog hace un año y quiero que me ayudes con un tema. Tengo 14 años y me gusta mucho una piba que va conmigo al colegio. La encaré el mes pasado y me cortó el rostro, me dijo que no quería una relación. Una semana después me la comí en un boliche y a las 2 semanas me la comí otra vez, pero esta vez tuve que remarla bastante. Me dijo que mejor seamos amigos y que viéramos. Pero el sábado me comí otra piba para ver cómo reaccionaba y según su mejor amiga se puso re celosa. Después hablamos por MSN y me dijo que me quiere como amigo. Yo le dije que iba a tratar de olvidarme de ella pero que me iba a costar. ¿Qué hago?

Respuesta:

Su último movimiento encuadra perfectamente en lo que hemos dado en llamar el
Síndrome de Kótov. Este fenómeno, descripto por primera vez por el gran maestro ruso de ajedrez, Alexander Kótov, es muy común en ese deporte y en el terreno de la conquista. Sucede cuando un hombre busca la mejor solución posible a una situación complicada y, a último momento, obligado a hacer una jugada, realiza un movimiento que no ha analizado y que le hace perder la partida.

Que lo haya visto comiéndose a otra cerda fue una gran pelotudez, pero decirle que "va a tratar de olvidarse de ella" fue la nave nodriza de las pelotudeces.

Hágame el favor y no sea tan faldero. A las mujeres no les gustan los hombres regalados. A las mujeres les gustan los amores imposibles. Todas se enamoran del cuarentón canoso que se sienta al lado de ellas en un avión a Brasil, del profesor casado y con tres hijos, o del amigo que se volvió cura, castratto y Monje Shaolin. Nunca, pero nunca se regale.

El desafío ahora es hacer que parezca que esta ruptura fue su voluntad.
  • Me estoy yendo a vivir a Nueva Zelanda. Es el único lugar donde las operaciones para achicarme la nutria son 100% seguras.
  • Tenés razón. Además vengo de una experiencia traumática y no estoy listo para estar con nadie. Menos aún después de ver las várices que tiene tu vieja. ¿Eso es hereditario, no?
  • Me había olvidado de contarte que tengo un problema con la bebida y me da miedo de hacerte daño. Sobre todo cuando se vaya el efecto del alcohol y te vea bien.
  • No sé quién te vino a buchonear que la chota del video de Wanda Nara era la mía, pero eso fue antes de conocerte.
Si todo sale bien, en pocos días ellas volverá a interesarse en Usted.

Atte. Mauro.

lunes, octubre 19, 2009

Kermese de blogs

El miércoles que viene voy a pegarme una vuelta por la tercera Kermese de Blogs del Capitán Intriga. Y sin colarme.

Miércoles, 19 hs. en el Rojas, Corrientes 2038. Los espero ahí.

jueves, octubre 15, 2009

Manual del eventero cool

La primera vez que me colé en un evento cool fue en el 2003. Volvía de cenar con 2 amigos en una fonda económica de zona norte cuando, al pasar por una concesionaria de Mini Cooper, nos encontramos una fiesta llena de ricos, famosos y propietarios de Mini Cooper.

Con mucho cuidado escondimos mi Volkswagen 96 dónde nadie pudiera verlo y caminamos hasta las inmediaciones del lugar. Digamos las cosas como son: nuestra única motivación era ver de cerca a alguna vedette, no nos olvidemos que ya habíamos comido apenas minutos antes y al Mini Cooper ya lo teníamos visto. En mi opinión, el más lindo era el gris con techo blanco, pero también me gustaba en azul. Un poco menos, el azul se raya mucho.

Ni bien nos asomamos al cristal se desvanecieron nuestras esperanzas de ver en vivo a Karina Jelinek, Silvina Luna o Pamela David. Quizá hubiéramos estado tan cerca de ellas que hasta podríamos inhalar el dióxido de carbono de sus exhalaciones. Quizá hasta hubiéramos podido sentarnos en un sillón previamente templado por las posaderas de esas mujeres. Aún tibio. Pero no. No iba a pasar. Había alguna que otra modelo, es cierto, pero ninguna superaba los 86 centímetros de cadera. No tardé mucho en decretar que no había nadie relevante. Sólo gente cool.

En la puerta, un RRPP confirmaba los nombres de los invitados y les daba la bienvenida a la fiesta. Esperamos, estoicos, su primera distracción, y entonces atravesamos ese umbral que nos separaba de la gente cool. Por un momento, sólo por un momento, abandonamos el mundo de los grasas para sumergirnos en una atmósfera de pertenencia y sofisticación. Todo era música chill out, finger foods, tragos de autor y muchas sociales. No fue lo mejor que me había pasado en la vida (quizá lo hubiera sido si hubiera estado con el estómago vacío), pero definitivamente no estaba nada mal.

Así que ahí va. Si usted quiere dejar su trabajo de oficinista frustrado y vivir de parranda, comiendo y tomando gratis en los mejores eventos de Buenos Aires, esto es lo que tiene que hacer. Esto es lo que hace un eventero cool:

1) Siembre dudas sobre su sexualidad.

Los grasitas tienen una sexualidad absolutamente lineal. Si usted está decidido a convertirse en una presencia cotizada en el calendario de lanzamientos y fechas especiales de las marcas, su orientación sexual tiene que ser un gran misterio. Si le gustan las mujeres, parezca puto. Y si le gustan los hombres, cómase una mina cada tanto para despistar a la audiencia.

Ejemplos: Mike Amigorena. Juan Cruz Bordeau. Gaby Álvarez. Alan Faena.

Corolario: Se aprecia como un gesto integrador invitar a un (1) homosexual confirmado por evento. Entre ellos, destaca Ronnie Arias como uno de los mejor vistos.

2) Sea el “hijo de” pero sin onda.

Los grasitas creen que valerse por uno mismo es la gran cosa. Y nada que ver. Si usted quiere pertener a esta selecta casta de eventeros, debe crecer entre lujos y asimilar la fama como algo natural. Por eso, si usted es un donadie, procure que su padre no lo sea.

Ejemplos: el hijo de Casero. El hijo de Charly. El nieto de Mirtha Legrand.

3) ¡Ya mismo! ¡Deje de comer!

Lo que los grasitas definen como peso saludable, la gente cool lo llama "obesidad". Entre la gente cool no hay gordos (sólo el hijo de Casero, porque un solo gordo es un gesto de tolerancia, más aún si es joven y sus chances de rehabilitación son mayores). Además, desde que FTV filma los eventos y se popularizaron las pantallas de plasma que deforman la imagen, nadie puede pesar más de 55 kilos. ¿Acaso nadie se vio en una pantalla de plasma? Yo sí. Y corrí al baño a clavarme los dedos en la garganta.

Ejemplos: Humberto Tortonese. Chechu Bonelli. Florencia Raggi.

Mención especial para Matías Camisani, Gaby Alvarez y todos los hombres cool que, aparte de lucir un aspecto famélico, en el verano se animan a reemplazar la bermuda por la calcita, y sin bultear previamente.

4) Báñese lo menos posible

En ciertos ámbitos la higiene personal está muy subestimada. El ambiente cool hace del aseo una ocasión especial, no dude en imitarlos.

Ejemplos: Sofía Gala. Nahuel Mutti. Fabio Posca. Iván Noble.

5) Alcance sus 5 minutos de fama en el 98 y no trabaje nunca más.

Si los productores de televisión le dieron la espalda, todavía quedan los eventos. El único requisito es soportar los sets de Catarina Spinetta, los enganches de Zeta Bosio y los falsetes de Deborah de Corral.

Ejemplos: Nahuel Mutti. Alejo Ortiz. Juan Ponce de León. Virginia Da Cunha.

6) Póngase un apodo copado y use ropa de A.Y Not Dead.

Hasta hace unos años la gente grasa y fea debía permanecer oculta en las sombras. Sus oficios eran la conducción radial, la atención telefónica y la literatura. Hoy la gente fea puede posar para los flashes y lucrar con su imagen. Y está bien que así sea, no toda la gente puede ser Ale Lacroix. El tipo tiene un buen nombre, una buena percha, una correcta dentición, es lógico que lo inviten a los mejores eventos. Pero si usted nació feo y desgraciado, no se resigne, para usted están los apodos con onda y las pilchas de A.Y. Not Dead. Sombreros de cowboy, chaquetitas de cuero y Toppers de lona también son bienvenidas. Al calzarse esas prendas, la gran mayoría de los grasitas se ven como mandriles del lumpen más miserable. Sin embargo, una selecta minoría, logra con estos harapos activar un gen cool recesivo que engañará a propios y extraños. Combínelo con un apodo con onda y en 2 meses estará en la D´Mode rodeado de eventeros con pedigree auténtico.

Ejemplos: Juan “Conejo” Gutierrez. Romina “Mina” Álvarez. Lucrecia “Lulu” Gómez.

... Continuará en los comentarios.

lunes, octubre 05, 2009

Ola

Hoy a las 7 de la tarde, en el subte, recibí un SMS bastante escueto del 15636421xx. Un mensaje simple, directo, contundente.

- ola.

"Ola" puso. Quizá sea economía de recursos. Quizá exista gente que desconoce las formas más básicas de la comunicación escrita. Como sea, mi predisposición ya distaba, por mucho, de ser la mejor. Respondo:

- Quién sos?

Básico, concreto, sin vueltas. Era lo único que necesitaba saber para tratar de remontar un intercambio que nació tullido. ¿Y qué me responde este imbécil?

- Un amigo.

Después de toparme con tamaño pelotudo enigmático opté por llamarme a silencio, pero a los 15 minutos, este energúmeno malacido arremetió con su habitual locuacidad.

- ola

Tuve un deja vu. Miré el mensaje 2 minutos enteros. Traté de descubrir un anagrama, un código cifrado, algo. Miraba el mensaje tratando de entenderlo, con recelo, procurando que nadie en el vagón lo viera, ahí, impreso en mi celular, denigrándome, volviéndome el depositario de todos los prejuicios de la otra gente, quizá tan prejuiciosa como yo. Hubiera muerto de la vergüenza. Guardé el celular sabiéndome a salvo. Nadie más había leído lo que yo leí.

Y entonces recibí un nuevo mensaje. Vacío. Sin texto, sin sentido, sin nada. Vacío, y yo, lleno de ira contenida, intuyendo que me iba a agotar el último tercio de batería o, mucho peor, que iba a interrumpirme la sentencia de Bailando por un Sueño con sus sintéticos mensajes colmados de brutalidad, con su desesperación concentrada, con la nada misma. Traté de aplacarme, de mitigar mi trastorno de ansiedad generalizada y de racionalizar todo el odio contenido que este hominidio me generaba. Sólo "Ola" decía el muy hijo de puta. Pero no me dio tiempo. Al instante me volvió a sofocar con su torpeza asfixiante.

- ola eres abomi

"Eres". "Abomi". Quizá sea la forma cariñosa de llamar a algo abominable. Pero no creo. Los diminutivos cariñosos suelen ser bisílavos. Y acá el apócope no aplicaba. Igual no me importaba saberlo, ya me había bajado del subte y sólo quería llegar a casa, quitarme todos los olores ajenos, y volver a disponer de mi celular en paz. Entonces supe que debía contestarle. Un mensaje claro y gentil debía ser suficiente.

- Mirá, te dieron el número equivocado. De verdad te digo. Suerte.

Ni lerdo ni perezoso, a los 3 minutos, con sus dedos morcilla, llenos de dureza percudida, me vuelve a acosar con sus miserias de amor no correspondido que no quiere entender la contundencia de los hechos:

- te vi en liniers y me gustaste no se como te llamas pero aberige (estimo que es "averigüé") tu numero y no tu nombre.

Sentí un poco de pena por él. Todos hicimos alguna boludez por amor. Además hacía mucho que no rechazaba a nadie. Y menos por celular. Alguien debería hacer algo por un pobre hombre que sufre por amor y que necesita como 10 mensajes para hacerse entender. Es todo muy injusto a veces. Me dispuse a explicarle la situación con toda la paciencia del mundo:

- Mirá, la última vez que estuve en Liniers fue para ver campeón al Velez de Bianchi en el 96 per...

Pero antes de terminar el mensaje, sonó el teléfono. Era él.

- Hola (cuando escuché su voz supe que la situación podía empeorar).
- Hola, te estaba explicando que te dieron mal el número y...
- Hola (repitió él).
- Hola, te decía que te dieron mal el número y...
- Hola.

Insiste e insiste. El "Hola" que él dice no es el "¿Hola?" que la gente normal usa tratando de confirmar la presencia de un interlocutor al otro lado. No era el "¿Hola?" que uno dice, sordo y aturdido, en el bullicio de una estación de tren. Él asevera, como si su "Hola" fuese autosuficiente. Un sujeto, un verbo, un predicado, un sentido. Todo resumido en su "Hola", que opté por imaginar con H. Y sin embargo me costaba entender qué esperaba como respuesta.

- Te decía que tenés mal el número. No soy quién buscás.
- ¿Y quién eres? (me increpa).
- No importa quién soy, pero no soy quién estás buscando.
- Pásame con la mujer que busco.
- ¿Vos sos pelotudo?

Ante su insistencia me saqué, como me saco cada vez que no logro hacerme entender, más por frustración que por falta de paciencia.

- ¡Pásame con la mujer que busco! ¡Y devuélvele su celular!

Este hombre estaba tan seguro de lo que decía que, por un instante, me hizo dudar. Traté de hacer memoria. El celular lo había comprado hacía 2 años en las oficinas de Movistar, en la intersección de Corrientes y una de esas callecitas llenas de oficinistas, motochorros y bares con sandwiches expuestos en vidrieras y abrillantados con Blem. Lo recordé claramente, incluso creo que vi la caja y el manual, en un cajón, hace poco. Estaba totalmente seguro que no le había robado el celular a nadie. Estuve una vez en una de esas galerías turbias que venden celulares robados, sí, es cierto, pero no había comprado nada.

- Sos un pelotudo. No me llames más por favor, te dieron mal el número. Entendelo de una buena vez, monstruo barbárico con dedos de mandril.
- Pelotudo eres vos...

Colgué. No tolero a la gente que te devuelve el mismo insulto que recibe. Los regalos y los insultos no se devuelven. Se los evalúa, se los cotiza, y entonces se devuelve uno de igual o mayor valor. Pero nunca el mismo. A los 5 minutos me llama de nuevo.

- Hola...
- Te dije 5 veces que te dieron mal el número. Por favor -supliqué- dejame en paz.
- Pásame con la dueña del teléfono.
- ¡Soy el jodido dueño del teléfono!
- ¿Y cómo te llamas?
- ¿Y qué mierda te importa?
- ¡Y cómo sé que no me mientes!

Sinceramente no entiendo el correlato entre veracidad y denominación, pero decido cooperar con el instigador.

- Ok. Fernando, me llamo Fernando.
- ¿Y tu mujer?
- ¿Qué mujer?
- ¿Sales con alguien?
- Sí.
- ¿Cuál es su nombre?

Tardé un poco más de un segundo en elegir un nombre de fantasía. Cuando te agarran desprevenido, mentir es mucho más difícil de lo que a simple a vista pudiera parecer.

- ... Luciana.
- ¿Luciana cuánto?
- Salazar -dije, sin titubear, socorrido por esos misterios de la libre asociación y el inconciente-.
- ¿Y cómo es?
- Rubia, bajita, anda seguido por Liniers pero no creo que sea la mujer que estás buscando
- Ah... bueno, te pido disculpas. No es quien yo busco.
- Está bien.
- Te pido disculpas, en serio...
- Está bien, no es nada.
- Me han dado mal el teléfono, discúlpame.
- No es problema, en serio.
- Es que busco a otra mujer...
- No, está bien, claro, puede pasar, sólo fue un mal entendido.
- Disculpame, estaba seguro que era este número y...
- Y no, no lo es.
- Bueno, perdona (así, sin acento), hasta luego.
- Está todo bien, suerte, ojalá la encuentres.

Y ahí está, suelto y desconsolado. Un hombre que renuncia a la Salazar por una mujer como cualquier otra. Y no tiene mercado. El mundo está todo mal. Todo mal.

miércoles, septiembre 23, 2009

Los artistas del garabato

A mí “toda esa cuestión” del graffiti nunca me había molestado. Pensaba que era una práctica inofensiva. Pensaba que un monigote que compraba un aerosol, y cubría su cuota de rebeldía garabateando una pared, no le hacía mal a nadie. Pensaba que incluso podía servir para mantener a estos delincuentes juveniles alejados de otros delitos mayores. Y, si lo veíamos así, hasta pensaba que cumplía una función pedagógica y socialmente integradora.

Pero de un día para el otro, estos aprendices de malvivientes se proclamaron hijos directos de Andy Warhol y nadie se la vio venir. Porque ya no hay más monigotes pintando paredes: ahora son “artistas urbanos”. Y ya no hay más garabatos pintados en las fachadas de los edificios: ahora hay “críticas despiadadas a la sociedad de consumo”, “invitaciones a la lucha social cifradas estéticas figurativas” o “contenidos abstractos que apelan a la reflexión y la ironía”.

Y si no me creen, miren lo que afirma de su obra este delirante que inhaló todos los vapores tóxicos de la pintura en aerosol:

Siempre trato de balancear la crítica social con el equilibrio estético, moviéndome entre las influencias de John Cage (“el lobo no critica a la oveja, el lobo se come a la oveja”) y Levi Strauss (“¿por qué la belleza no puede además ser un llamado a la acción?”). Por eso todo mi trabajo está basado en ocurrencias diarias tendientes a materializar una fusión de mi propia individualidad con un mensaje de índole política.

Este tipo está pidiendo a gritos que alguien lo desfigure bien a trompadas. Habla de influencias, habla de balancear el componente estético con el mensaje político ¡y después se despacha con esta mierda de dibujo! Por el amor de Dios, eso ni siquiera tiene sentido.

Artistas eran los de antes. Los que retrataban a reyes y aristócratas en un lienzo. Los que creaban obras monumentales, que eran el orgullo de civilizaciones enteras. Los que fundaban una vanguardia… o los que se cortaban una oreja. Pero desde que la marica de Andy Warhol se puso a dibujar latas de tomates, el arte pasó a ser patrimonio de cualquier pelagatos capaz de colorear un papel, calzarse una gorrita con onda y comprarse una Macbook blanca financiada en 48 cuotas.

Y yo estoy muy harto. Harto de que estos fantoches me quieran convencer de que un papel con una figurita de los Super Amigos, una postal de Mar del Tuyú y un ticket del Coto pegado con Voligoma se haya convertido, de golpe y “porrazo” en una composición artística. Harto de que todos quieran ser Marta Minujin. Harto de que hablen de críticas sociales donde yo sólo veo un dibujito infantiloide. Harto de los muebles, la ropa, las revistas y los accesorios de diseñador. Y harto de los ilustradores afirmando, sin vacilar, que desde su más temprana infancia están obsesionados con la génesis y temperatura del color. Basta de las mentiras de los muralistas y los stencils. Basta de asumirse, orgullosos, como autodidactas, como si dibujar una pared tuviera la misma complejidad que una cirugía coronaria. Asuman de una buena vez que lo que hacen estuvo bien hasta los 4 años, y que si sus padres no les compraron las Plastipinturitas en su momento, hoy hay que superarlo. Que alguien los obligue a buscarse un trabajo digno. Que Duhalde tape los graffitis con afiches políticos. Que prohiban la venta de aerosoles. Lo que sea, pero que alguien le ponga fin a esta mentira.