Revelación Musical
Hagamos la prueba. Aquí. Ahora. Ya mismo. Díganme algo más interesante que un nuevo desodorante, que un nuevo celular, que un nuevo auto compacto que nadie puede comprar.
¿Y?
¿Y?
¿Lo ven?
Por eso todavía aguanto esto. Por eso y porque a veces nos dan vales para comer sushi gratis, y cuando te acostumbrás a consumir algo gratis es muy dificil volver atrás. Nos tienen presos con unos vales. Tengo ganas de llamarme a silencio. La cuestión es que me apersoné en las oficinas del cliente, estreché la mano de un montón de tipos con traje y entré con ellos a una sala de reuniones. De esas salas de reuniones llenas de dicroicas, si entienden a lo que me refiero. Dicroicas, vuelvo sobre el tema, a las que no se les escapa detalle. Dicroicas que propician el estado de iluminación. He visto de todo en esas salas. He visto frustración. He visto el fracaso de la coenzima Q10. He visto mucha seborrea. He visto cosas escalofriantes, cosas que hubiera preferido no ver. Por eso fijé la vista en un espacio neutral y empecé a contar la campaña. La idea creativa. La estrategia. La activación. Y he aquí el quid de la cuestión, esto es lo que importa, lo demás era innecesario. Siempre que voy a presentar una campaña cumplo un ritual estricto: bajo ningún aspecto, y lo recalco, "bajo ningún aspecto" permito que mi remera tenga más onda que la idea que estoy por presentar. No lo permito. Porque no. Porque está mal. Como la gente muy fea con celulares muy lindos. Está mal, no queda bien. Porque si fracasé en el propósito de ser un creativo genial, no voy a vestirme como tal. Un código que, en líneas generales, este gremio no comparte.
Pero ese día la idea era tan buena que me permití elegir la remera. Ese día no sería la remera lisa azul de cuello redondo. Ni la chomba gris con rayas horizontales (que es la indicada para presentar esas ideas que son un horror). La idea era tan buena, tan subliminal, tan pegadiza. La idea tenía tanta onda, que me puse una remera con un estampado lleno de rockeros muertos.
Llegamos al punto.
Jimi Hendrix, Jim Morrison, Kurt Cobain, Mick Jagger y otros dos. Era un collage muy bien hecho. Si una remera con un muerto tiene onda, imagínense una con 6 rockeros muertos. Y mientras contaba mi idea y trataba de contagiarle entusiasmo al cliente, el tipo de entusiasmo que hace que uno compre sin mediar palabra, miré el estampado y me di cuenta de algo obvio. Algo que nunca había notado. La música, el enorme universo musical, al ser llevado a un estadio, muta en alguna de estas 3 categorías:
1) Recitales para ir a apoyar minitas: son los artistas que gustan tanto a hombres como a mujeres. Que tiran un solo de guitarra o batería para llenarnos de testosterona y después tiran una balada para ablandar a las cerdas y que se dejen apoyar. Emblemas de esta categoría son Aerosmith y Bon Jovi.
2) Recitales para luchar por tu vida: a estos recitales sólo van hombres. Son antros del sudor y las remeras negras. Prodigiosas congregaciones de melenudos y tatuados. El lugar donde los hombres van a desplegar su supremacía física frente a otros hombres, más pequeños e indefensos. Son, básicamente, recitales para apoyar tipos. Ejemplos emblemáticos son AC/DC y Metallica.
3) Recitales para tirarte al fondo a hablar con tus amigos: nadie se explica por qué la gente va a escuchar estas mierdas. No calientan. No ablandan. No te hacen mover. Sin embargo son un excelente acompañamiento, son los recitales ideales para ir al fondo del estadio y tirarse a hablar con un amigo, a veces, comentando lo groso que es el artista, aunque si eso fuera cierto estarían escuchándolo. Ejemplos emblemáticos son Coldplay y Radiohead. Quisiera nombrar también a Kevin Johansen, pero es tan choto que hasta creo que le hice un favor.
Y después hay algunas bandas que son una fusión de dos categorías. Por ejemplo, para apoyar minitas y para luchar por tu vida. Eso es todo lo que tengo para decir al respecto. La campaña mucho no gustó, voy a tratar de aplicar la misma idea en algún otro producto.




